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| NECRÓPOLIS Y HUSUN. DOS ASPECTOS
DE LA ARQUEOLOGÍA DE TARRAGONA ANTERIOR A LA CONQUISTA FEUDAL. NECROPOLIS
AND HUSUN. TWO ASPECTS OF THE ARCHAEOLOGY OF TARRAGONA PRIOR TO THE FEUDAL
CONQUEST. Publicación: Sautuola (en prensa). J. Menchon i
Bes.
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| RESUMEN: Presentamos dos aspectos
de la arqueologia medieval de Tarragona poco conocidos, las necrópolis
aisladas y las fortificaciones islámicas, que permiten hacer una
aproximación al conocimiento de la la población y estructuración
del territorio antes de la conquista feudal. ABSTRACT:
We present two little-known aspects of the medieval archaeology of Tarragona
--the isolated necropolises and islamic fortifications-- which provide
us with information about the population and structure of the region before
the feudal conquest. PALABRAS CLAVE: Tarragona, conquista feudal,
necrópolis, hisn. KEYWORDS: Tarragona, feudal
conquest, necropolis, hisn.
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| 1. PRESENTACIÓN
2. EL CONTEXTO ESPACIAL 3. LA OCUPACIÓN EN LA ANTIGÜEDAD 4. ENTRE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EL AÑO 1000 5. AL-TAGR AL XARQUI 6. LAS NECRÓPOLIS AISLADAS 7. EL HISN DE SIURANA 8. SIURANA Y LAS FORTIFICACIONES HISPANOMUSULMANAS EN LAS COMARCAS TARRACONENSES |
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| 1.
PRESENTACIÓN
Si Tarragona forma parte de la literatura arqueológica es básicamente por el pasado romano de su capital, la antigua Tarraco. El conocimiento de su génesis, evolución y transformación a lo largo de la época clásica y la antigüedad tardía es sin duda un referente tanto a nivel peninsular como europeo (AQUILUÉ y otros 2001; MACIAS, MENCHÓN y MUÑOZ 2005). A pesar del importante peso específico de la ciudad y el territorium en estos períodos, cada vez se hace más interesante conocer qué sucedió en estas tierras tras la invasión árabo-musulmana (713-714) y su evolución hasta otro momento histórico, la conquista feudal que cristaliza en estas tierras a mediados del siglo XII. Ciertamente hablar de este período (siglos VIII-XII) desde un punto de vista histórico y arqueológico es una aventura tanto apasionante como llena de incógnitas, preguntas sin respuesta (aún) y mitos historiográficos que pese a todo, cuesta desenmascarar. La transición del mundo antiguo al medieval, lejos de ser un proceso lineal e incluso dualista (cristianos versus musulmanes, orden antiguo versus orden feudal) se nos antoja a un tiempo rico y complejo. La escasez de documentación diplomática y arqueológica, el carácter poco atractivo de la segunda, junto a una visión de este período desde una óptica historiográfica y política muy determinadas han distorsionado seriamente la explicación del período. A una imagen de una antigüedad tardía hija de la crisis del siglo III, casi catastrófica y decadente, sea en el bajo imperio, sea en el período visigótico, se ha sumado una explicación poco verosímil de la invasión islámica del 711, tomada como casi una casualidad (de 8 siglos!) que provocó la reacción de los reinos cristianos que reconquistaron el solar peninsular en nombre de una fe, de una pretendida unidad nacional o de una nueva nación hija de la Marca Hispánica carolingia, digamos en el caso catalán. La explicación política y religiosa de la llamada “reconquista” hasta cierto punto ha sido dar forma y argumentación a unos modelos políticos de estado y nación que son aún vigentes tanto en cierta historiografía como en el imaginario colectivo. El concepto nación en el sentido más amplio se ha querido fundamentar en aspectos históricos, cuando realmente con la Historia se puede justificar todo o casi todo, es decir, casi nada o nada. Por otra parte, este concepto de nación ha sido claramente excluyente, a pesar de la prosopopeya típica de cierta historiografía. Se ha forjado un concepto de nación, o de naciones, en el cual, en los cuales se ha obviado, se ha despreciado y minimizado una parte importante de la crónica histórica, de las gentes que vivieron en aquellos tiempos, pero que con su vida, con su quehacer, con sus tradiciones, culturas, lenguas forjaron una identidad o unas identidades que precisamente reciben aportaciones variadas y variantes. Es el ejemplo del legado islámico que se ha querido ver relegado casi de forma romántica y anecdótica en el sur peninsular y como mucho al Levante mediterráneo. Según como parece que haya una clara intención de obviar que las culturas peninsulares, no son únicamente hijas de aquellos conquistadores o reconquistadores, sino que también lo son de los andalusíes y de otros grupos humanos que aún han dejado un rastro más difícil de seguir. La visión catastrofista de
la conquista islámica ha pretendido demostrar que tras la llegada
de las huestes de Tariq y Mussa, como expresión gráfica de
los sucesos, ciertas zonas de la Península quedaron sin habitantes.
Pensemos en el mito de la despoblación del Duero, o en el caso de
Cataluña, de la desbandada de la población hacia los Pirineos,
que estarían desde entonces densamente poblados hasta el inicio
de la conquista de las comarcas de la Cataluña Central y posteriormente
de la Cataluña Nueva, ya a partir del año mil. La idea de
establecer una frontera casi lineal, y de una amplia zona desierta ha prevalecido
hasta ahora. Y también la de
Y es una población que es difícil de encuadrarla si seguimos estos modelos duales, que se ha querido explicar desde una óptica de reconquista como pioneros de la roturación de nuevas tierras, como avanzadilla de los señores feudales, o como huidos de las zonas de influencia islámica y feudal. No es cuestión de negar categóricamente estas posibilidades, pero cabe plantear otro aspecto, si se trata de una población de raíces muy antiguas, que ha estado presente en el territorio desde mucho antes de la conquista feudal, es decir, que en parte son el hilo conductor desde la antigüedad tardía hasta el siglo XII, momento en que la actual Tarragona y las comarcas cirundantes entrant definitivamente a formar parte del condado de Barcelona. Ciertamente el axioma clásico de la explicación de la conquista feudal, de la “reconquista” casi relega esta población, autóctona o no, a un papel anecdótico, marginal. En este artículo pretendemos
dar cuenta de dos aspectos que creemos interesantes para conocer el proceso
histórico en las comarcas centrales de la provincia de Tarragona
entre los siglos VIII y XII: las necrópolis aisladas y las fortificaciones
de origen islámico. Conocemos un nutrido conjunto de pequeños
grupos de tumbas, generalmente de lajas, que se sitúan principalmente
en la zona de la Conca de Barberá y el Priorato y que a nuestro
entender se han de datar en este período. Son agrupaciones de inhumaciones
generalmente orientadas este-oeste, destinadas a enterramientos en decúbito
supino, y sin relación aparente con espacios cultuales de tipo cristiano.
Se encuentran en lugares altos o cerca de caminos y cañadas y de
momento no se puede establecer, excepto un caso, relación con espacios
de hábitat o de culto. Buena parte de ellas se
El estudio del hisn de Siurana, motivado por el proceso de restauración de la fortificación, nos permite empezar a entender tanto la tipología y modelo defensivo islámico, como otro hecho no menos importante: la existencia de una estructura militar y por tanto territorial de la marca islámica, que no queda relegada a la existencia de una fortificación, sino que es mucho más compleja como hemos dicho. Además, el estudio arquitectónico del hisn, en concreto de los modelos constructivos y poliorcéticos nos abre las puertas a plantear un tema no menos interesante, y no por ello menos peligroso (ADELL y MENCHON 2005; MENCHON 2003). Ciertamente, el discurso de la “reconquista” feudal catalana, junto al ingente estudio del arte románico han creado una corriente historiográfica de gran peso en la cual no ha tenido casi cabida el conocimiento de la arqueología andalusí fuera de los territorios claramente islámicos (Lérida, Tortosa, Balaguer), y aún así empieza a dar los primeros pasos. Los modelos explicativos, pongamos por caso de los castillos, han obviado esta realidad, de manera que determinadas fortificaciones, determinadas construcciones, por el simple hecho de estar documentadas diplomáticamente (en textos feudales) en un momento determinado han pasado sistemáticamente a ser tomadas como “cristianas” sin parar a pensar que al menos algunas de ellas tienen un origen islámico, o incluso anterior. Se crea entonces un círculo vicioso, la negación de asentamientos anteriores a la conquista feudal (islámicos o no) significa negar la existencia de población anterior a ella, y al revés. Sin embargo, la realidad se nos antoja diferente. El tiempo lo dirá. TORNAR AL PRINCIPI
DE LA PÀGINA
El Campo de Tarragona, la Conca de Barberá y el Priorato forman parte lo se ha denominado la Cataluña Nueva, las llamadas comarcas meridionales, especie de eufemismo de la Ciudad Condal para denominar las tierras del sur del Principado y evitar hablar de provincia administrativa. Se trata sin embargo, de zonas geográficas diferentes, con unas connotaciones históricas también diversas (ANGUERA y otros 1992). El Campo de Tarragona es una amplia
llanura fértil, abierta al mar Mediterráneo, y actualmente
dividida en tres
La Conca es una comarca que se forma por dos unidades: la Conca de Barberá estricta, y la Baja Segarra o Alto Gayá. Tiene una extensión unos 650 kilómetros cuadrados y limita con las comarcas del Campo de Tarragona, el Priorato, el Urgell, las Garrigas, el Anoya y la Segarra. Tiene una forma alargada y forma parte de la Depresión Central Catalana, aunque se sitúa en una posición marginal. La Conca estricta se forma por materiales mayoritariamente oligogénicos muy nuevos erosionados por los cursos fluviales de los ríos Francolí y Anguera. Las montañas que le rodean se constituyen por materiales paleozoicos y triásicos. Al norte hay las sierras del Corregó y de la Llena, que separa la comarca de las Garrigas, y continúa con la del Tallat, que la separa del Urgell. La del Suró la separa de la Segarra la del Codony, de la Conca del Gayá. Las sierras de la Brufagaña, Cogulló, Miramar y del Ermità y los montes de Prades separan la comarca del Campo de Tarragona y el Priorato. La depresión del río Gayá está rodeada por las sierras del Codony, Queralt, Brufagaña y Comaverd. El clima está condicionado por la orografía, y tiene una fuerte influencia del de tipo continental, aunque suavizado por el de tipo mediterráneo. El macizo de Prades tiene una extensión de 260 kilómetros cuadrados y tiene una estructura tabular. Se compartimenta en diferentes zonas, con áreas deprimidas donde se unen los diferentes bloques y que han sido zonas naturales de paso, como los puertos de Lilla, Cabra, y el estrecho de la Riba. Desde esta plataforma se domina perfectamente el Campo de Tarragona y la Conca de Barberá, y tiene una buena comunicación con el valle del Ebro y las comarcas leridanas. A partir de los montes de Prades, el sistema prelitoral se desdobla en una tenaza formada al norte por la separación entre la comarca y las vecinas Conca y Garrigas con la sierra de la Llena, y al sur la separa del Campo de Tarragona. La alineación formada por los montes de Prades, la Llena y la Montsant al norte es la más importante de la comarca. La sierra de Montsant tiene un origen alpídico y se forma por conglomerados similares a los de Montserrat. La Llena tiene un relieve y una geología similares, aunque es más allanada. De los montes de Prades nacen los ríos Siurana y Montsant, que circulan a ambos lados del Montsant. En cuanto al clima, la orografía y la falta de salida al mar ofrecen a la comarca una climatología continental atenuada, muy por la falta de precipitaciones. TORNAR AL PRINCIPI
DE LA PÀGINA
3. LA OCUPACIÓN EN LA ANTIGÜEDAD Con la llegada de los Escipiones durante la Segunda Guerra Púnica la península Ibérica pasó a ser objetivo de conquista de Roma. El proceso, iniciado el 218 a.C., culminó en tiempo de Augusto con el control de prácticamente todo el territorio peninsular. Roma estableció un de sus principales puntos de penetración en el antiguo oppidum ibérico de Tarrakon, que con el tiempo se convirtió en Tarraco, capital de la provincia Hispania Citerior. Si la ciudad se convirtió en el centro político de Roma en esta parte de Hispania, el territorio de su alrededores, el ager, fue colonizado y articulado según un modelo de explotación agrícola formado por villas rústicas. Resulta una obviedad decir que el Campo de Tarragona era una amplia área poblada en época romana. El ager de Tarraco nos ofrece un amplio abanico de yacimientos que se pueden fijar cronológicamente entre la época republicana y la antigüedad tardía. La mayor parte del territorio estaría centuriado y en el tendríamos un gran número de asentamientos rurales, uillae, fundi…, tal como patentizan los últimos estudios sobre el territorio, e importantes ejemplos como las de los Munts, Callípolis, los Antigons, el Moro, Centcelles etc. (ARRAYÁS, 2005; BURÉS, GURT, MARQUÈS y TUSET, F 1989; CARRETÉ, KEAY, MILLET 1995, GUITART, PALET y PREVOSTI 2005; MACIAS 2005). La Conca de Barberá, en cierta forma es una zona de paso entre los territorio de Tarraco e Ilerda. La vía de Tarraco a Caesaraugusta, vertebraba, y aún lo es con la N 240, las comunicaciones entre la capital y el interior. En esta comarca conocemos un nutrido número de asentamientos de época romana, aunque no es posible hablar de una centuriación, como en el caso de Tarraco. Y por el momento no podemos contar con un estudio exhaustivo del territorio. En términos generales nos encontramos con asentamientos rurales establecidos en las proximidades de los ríos Francolí, Anguera y Corb. Arqueológicamente son poco conocidos, a excepción del asentamiento de las Planas d’en Jori, excavado en 1997. Otros casos, como los de Pedriñá, los Borrells, Riudabella, de donde procede una inscripción del siglo II, la Granja Mitjana pueden ofrecer unos datos de gran interés (ADSERIAS, MORER y RIGO 2000; ADSERIAS, MUÑOZ y SARDÀ 1984, 1989). En cuanto al régimen jurídico de la Conca en época romana, se ha planteado la posibilidad de la existencia de un municipium rural disperso, al estilo del el Sigarrensis. Sin embargo no hay elementos arqueológicos o epigráficos que nos afirmen esta idea (BENET 1984). En las zonas de los montes de Prades y el Priorato el conocimiento de asentamientos en época antigua y en la antigüedad tardía es mucho más limitado. Quizás por ser una zona montañosa, quizás por la falta de investigación, sabemos poca cosa de este período aunque hay elementos que hacen pensar en una explotación del territorio desde muy antiguo, como sería la existencia de minas de plata, plomo y hierro (CARRERAS en prensa). Planas nos da la referencia del hallazgo de cerámica romana y restos de mosaicos en la zona de Prades (TORRELL y PLANAS 1982). También conocemos cerámica romana hallada en el municipio de Cornudella, con materiales conservados en el Museo Peris-Aragonés, y un posible horno de cerámica en la sierra de la Espasa. En Marçà (topónimo derivado de Martius) se conoce el asentamiento romano de Can Montagut, donde en 1970 se descubrió una cripta funeraria, fechada a la antigüedad tardía, y en 1994 se excavó parte de un campo de dolia (BERGES 1969-70). En referencia al régimen jurídico de la comarca en época romana, cabe plantear una relación con la ciudad de Dertosa en la zona abierta a la depresión del Ebro, mientras que los espacios más próximos en el Campo de Tarragona, lo sería con la ciudad de Tarraco. TORNAR AL PRINCIPI
DE LA PÀGINA
4. ENTRE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y EL AÑO 1000 Ciertamente el conocimiento arqueológico de los últimos tiempos de la antigüedad y los primeros siglos de la edad media es una de las asignaturas pendientes. Problemas como la continuidad o la ruptura de modos de vida, hábitat o creencias no están aún del todo resueltos. En la Cataluña Nueva, en concreto en el Campo de Tarragona, Conca de Barberá y Priorato, uno de estos problemas a aclarar es qué pasó entre la invasión árabo-musulmana y la conquista feudal. La visión clásica de este período nos ha querido hacer ver que la llegada de los musulmanes a la península fue fruto de la traición y la inmoralidad de los visigodos, y conllevó la huida a la montaña de parte de la población hispanovisigoda. A partir de ese momento se iniciaría la heroica empresa de reconquistar el solar patrio en nombre de la fe y con la intención de ahuyentar los “infieles”. Fruto de la invasión y el repliegue de la población indígena a la montaña, se ha querido ver que buena parte de Cataluña quedaría desierta entre el 713-14 hasta la conquista feudal. Así los Pirineos estarían densamente poblados, mientras que el interior de Cataluña permanecería vacío, y la costa tenía una densidad baja de población, aunque estable. A partir del siglo IX se inició la ocupación del llano parte de aprisiadores, iniciativa después absorbida por el poder eclesiástico y condal, dando lugar a lo que se ha llamado repoblación. Últimamente esta secuencia ha sido puesta en duda. La conquista islámica se ve más como fruto de una serie de factores, como el expansionismo islámico, las crisis políticas, endémicas del poder visigótico etc. Además las acciones militares de la invasión conllevaron no sólo violencia, sino también el pacto con los recién llegados, que ofrecían unas condiciones más claras, y económicas (impuestos), e incluso respetaron las religiones del Libro. Por otra parte la idea de amplias zonas sin población cada vez está siendo más matizada e incluso cuestionada. Los argumentos son contundentes. En primer lugar la falta de documentación diplomática de esta población no significa tanto la ausencia de población sino que puede explicar la inexistencia de un poder político que necesite plasmar por escrito sus intereses y actuaciones. En segundo lugar la arqueología nos muestra la existencia de asentamientos que forzosamente se han de datar en este momento histórico: necrópolis, hábitat, fortificaciones… aunque muchas veces han sido interpretados de otra forma o la cultura material que nos ha llegado ha sido hasta hace poco difícil de conocer, interpretar, o sencillamente poco agradable para los investigadores. En el caso de las comarcas meridionales de Cataluña, hay un tema a resolver, ¿qué pasó en Tarragona, el Campo, la Conca y el Priorato al llegar la invasión árabe-musulmana? La idea de una estampida de lo que quedaba de población en la urbs y el ager cada vez se hace más difícil de sustentar. Un primer problema a resolver para abordar la problemática es conocer las características de la población en la antigüedad tardía, tanto en la ciudad de Tarraco como en el territorio. Lejos queda ya la imagen de una urbs que no supera los avatares de la crisis del siglo III. La investigación de los últimos años demuestra que la ciudad en la antigüedad tardía sufre una importante transformación, que se materializa en la ocupación de los espacios públicos, especialmente en la Parte Alta de la ciudad (antiguos equipamientos del Concilium Prouinciae Hispaniae Citerioris), y una bipolarización urbana entre esta zona y el barrio portuario y el suburbium que hay entre éste y el complejo episcopal de la Necrópolis Paleocristiana (MACIAS; MENCHON y MUÑOZ 1999). Sin duda alguna la oficialización del Cristianismo fue un importante revulsivo urbano, generándose nuevos focos de poder y de evolución urbanística, primero en la zona portuaria y la Necrópolis de Tabacalera. En esta fueron enterrados los mártires Fructuoso, Augurio y Eulogio, ejectuados en 259, lo que generó un importante complejo martirial que interpretamos también como sede episcopal, y un monasterio en el que se rendiría culto a una monja egipcia Tecla. Posteriormente el núcleo episcopal, dominante del suburbium, ocuparía los espacios de culto y representación del Concilium, de manera que sería el heredero directo de estos lugares de representación. La dinámica de la ciudad en el período visigótico va perdiendo peso a favor de la vecina Barcino, aunque mantiene su importancia, como sede metropolitana. Por otra parte, las excavaciones arqueológicas y el estudio de materiales (en especial ánforas y cerámicas comunes) demuestran la vitalidad comercial al menos hasta la invasión islámica (MACIAS 1999; REMOLÀ 2000). La intensa ocupación del territorium de Tarraco, conocida a partir del importante número de asentamientos rurales, en especial uillae, muestra como en el siglo V este sistema de explotación clásico entra en crisis, aunque algunos de los grandes asentamientos (caso de los Munts o Callípolis) continúan funcionando, aunque con unas pautas diferentes a los anteriores modelos (cfr. MACIAS 2005). Los estudios palinológicos y de territorio llevados a cabo en los últimos años en otros puntos de la actual Cataluña plantean que en la antigüedad tardía hubo una intensa deforestación y degradación del medio producida por incendios intencionados y talas extensivas provocadas para la creación de zonas de pasos (y habría de relacionarla también con la minería (GURT 1999; ESTEBAN, RIERA, MIRET y MIRET 1993; RIERA 2005). En otros puntos esta activididad deforestadora se ha relacionado con el fuerte incremento de cultivos de tipo cerealístico y vitícola en la alta edad media (cfr. BOLÒS 1999). Por otra parte las excavaciones arqueológicas documentan nuevos sistemas de asentamiento rural en puntos altos, uici o asentamientos de diferentes dimensiones, con estructuras semiestables dedicados tanto a la agricultura como a actividades productivas y artesanales. Sírvanos de ejemplos los casos de Vilaclara (Castellfollit del Boix, El Bages), el Puig Rom (Rosas, Alto Ampurdán), el Roc d’Enclar (Andorra) o el Bovalar (Serós, Segriá) (ENRICH, ENRICH y PEDRAZA 1995; LLOVERA, BOSCH, ; RUF, YÁÑEZ, SOLÉ y VILA 1997; NAVARRO 2005; PALOL 1999, 2005). Algunos de estos asentamientos se han interpretado como el enlace entre las uillae y los mansi medievales. Por otra parte no podemos olvidar que el término uilla continua utilizándose en época visigoda y en la edad media, aunque sin duda alguna con unas connotaciones diferentes a las del mundo antiguo. Por otra parte, la existencia de materiales arqueológicos de la antigüedad tardía en abrigos y cuevas nos indicaría su ocupación o almenos frecuentación quizás por los patrones de ganadería trashumante que se van implantando en la antigüedad tardía (COLL, MOLINA y ROIG 1995; PADRÓ y VEGA 1989; VEGA 1987). Pero volvamos al tema de la invasión islámica. La historiografía acepta que entre el 713 y el 714 las operaciones islámicas llegan a las puertas de Terracona. No hay acuerdo, sin embargo en saber si la ciudad capituló y pactó con el nuevo poder, o si por el contrario fue asediada y destruida. Es cierto que algunas fuentes árabes opinan lo segundo, pero el hecho puede ser debido más a una necesidad de prestigio militar (destruir la vieja capital romana) que a la realidad (BRAMON 2000 passim). Se ha supuesto que en este momento el metropolitano Próspero y sus diáconos abandonaron la ciudad, dejando la sede vacante hasta el siglo XI. Esta marcha implicaría la imposibilidad de organizar aa defensa de Terracona, que se vería obligada a pactar. Y esta marcha también se ha tomado como la espoleta de la despoblación de la ciudad, y en consecuencia del territorio. Sin embargo otros autores suponen que la huida del obispo no se produjo entonces, sino un poco después. Recasens piensa en la alineación del clero al lado de la causa de Ardón (1975:30-34). García piensa que estaría relacionada con alguna de las revueltas bereberes en los primeros años del dominio islámico o con la que capitaneó Munnuz en la Cerdaña. Esta le costó la vida al obispo Nimbad de Llívia (725), no por su cargo religioso, sino por alinearse con los facciosos (GARCIA 1999: 369-372). Lo que parece claro es que la huida del metropolitano de Tarragona, principal motor político de la ciudad visigoda junto al hecho que Terracona y el Campo de Tarragona quedaron en una zona marginal dentro de la nueva situación del momento, motivaron la desaparición política de la ciudad. Pese a todo, la opinión de una ciudad y un territorio despoblados ha tenido detractores desde hace tiempo, como Capdevila, Recasens, Gort o Virgili, quien incluso plantea una cierta colonización sarracena, rota a partir del siglo IX por las expediciones francas (VIRGILI 1984). La narración de la expedición de Luis el Piadoso (804-806) lleva a suponer que en Tarragona había población, y en el Campo habría núcleos rurales y castillos. Ya en el siglo IX no parecería posible una colonización hispanomusulmana, por las circunstancias históricas, aunque la violencia sería vigente en unos períodos cortos de tiempo que llevaría a paréntesis de poblamiento en una zona donde grupos humanos podrían hacer la continuar la vida en tiempo de “paz”. No en vano, en otras zonas de Cataluña se piensa en colonización árabe y berebere (Penedés), una población prefeudal en el Vallés e incluso la continuidad de las villae como elemento básico de la propiedad señorial anterior al siglo XI, en el caso del obispado de Gerona (BARCELÓ 1988; MARTÍ 1988, 1993). No podemos ni mucho menos obviar que de hace tiempo que los historiadores medievalistas apuntan que a la frontera entre cristianos y musulmanes (o entre carolingios, después feudales, y hispanomusulmanes) había población. Iglésies, recuerda la figura de la “mala gente” que vivía en zonas fuera de jurisdicción feudal, tema que también aborda Pierre Bonnassie (IGLÉSIES 1963: 10-11; BONASSIE 1979-81, vol. I. p. 110). La documentación de la época se habla de los paganos y los malos hombres que eran a la frontera, pravae genti, mala gens o perversos christianos. Estos grupos humanos no se pueden entender de ninguna otra manera si no es viendo la frontera como un espacio de relaciones complejas entre andalusíes y feudales y no como una línea amojonada como la entenderíamos ahora. Serían contingentes humanos, musulmanes, cristianos o ni una cosa ni otra que tendrían la tenencia de la tierra y por lo tanto unos derechos que querría arrebatar el pujante poder feudal. En consecuencia, para negar sus derechos adquiridos, por aprisio o por permanencia secular en el lugar, o bien se obvia la existencia o bien se toma como infieles y malos cristianos, y por lo tanto enemigos a eliminar. En este contexto se entiende el porque del empecinamiento de algunos documentos decir que las nuevas tierras que pasaban al dominio feudal eran desiertos llenos de peligros y miedos. Es el ejemplo de la venta el 975 del castillo de Queralt delante del “locus horroris te vastae solitudines”, y con una clara y perversa intención. Entendemos que el término desierto se ha de entender como sinónimo de no cultivado, es decir, no quiere decir forzosamente deshabitado. Pero no hay que olvidar otro aspecto, como dice Barceló: “La immensa mayoría de documentos altomedievales tiene por objetivo fijar relaciones de dominio: son expresiones de poder. Es científicamente adecuado, pues, dudar de la inocencia informativa de los redactores”. Así pues, hablar de desierto significa realmente negar los derechos de los habitantes previos a la conquista feudal (BARCELÓ 1989: 73-87). Quizás el eremitismo, documentado en las comarcas tarraconenses (zonas de la Brufagaña, Poblet y el Montsant) es una realidad que enmascara, bajo su paraguas religioso, la presencia de población, y no sólo anacoreta, anterior a la conquista feudal. Así este eremitismo en tierras de frontera puede ser la explicación políticamente aceptable de la existencia de población ajena a la organización del poder feudal, sea eremita o no (cfr. BOLÒS 1995b; LLADONOSA 1962; MENCHON 1995c). TORNAR AL PRINCIPI DE LA PÀGINA El Campo de Tarragona, la Conca de Barberá y el Priorato son un amplio espacio que lo podríamos considerar como los límites más orientales de la marca superior o marca oriental de Al Andalus, el al-Tagr al Xarqui, y bajo la influencia del distrito de Tortosa (SCALES 1986). Realmente no tenemos muchos datos que nos acerquen al conocimiento del mundo musulmán de la zona, dejando aparte hasta cierto punto el Priorato. Los textos árabes, y el poco que nos dicen de la zona, se presentan de veces confusos, aunque hay que tenerlos en cuenta (BALANYÀ 1992, 1993, BRAMON 2000). An'mad ar-Razí en el siglo X ya nos cita Tarragona, junto con Tortosa, Barcelona y los castillos del distrito de Lérida. En aquel tiempo Ibn Galib constata la existencia de canales de riego y acueductos para llevar agua a molinos en la zona de Tarraquna. De la vieja ciudad romana nos dice que “ha muy buen termino e fermoso, e rregantio e conplido de muchos frutos”. Al-Bakrí (1094) tambien cita Tarragona. Al Idrissí (c. 1160) nos habla de la Tarragona de los judíos, y nos dice que semillas era habitada pero “en tiempos pasados estaba desierta porque se encontraba entre los territorios de los musulmanes y de los cristianos”. Al-H'imiarí (siglo XV) menciona la existencia en Tarragona de “molinos construidos por los antiguos, que giran cuando sopla el viento y paran con él”. La Descripción de los territorios de Al-Andalus, texto anónimo conservado en la Biblioteca de Rabat, explica que Tarragona era conocida por los molinos de viento, los castillos y la producción de nueces, avellanas, castaños, pistachos y uva para vino. En el Campo de Tarragona, en concreto en los montes de Prades y sus faldas encontramos topónimos de filiación musulmana: el Albiol, Alforja, Almoster, el Aleixar, las Borjas del Campo, la Mussara, que indican claramente la existencia de población hispanomusulmana, perteneciente al distrito del hisn de Xibrana (Siurana). En la Conca de Barberá, Balañá defiende la etimología árabe de una serie de topónimos mayores, como serían, entre de otros, los casos de Llorac, Albió, la Cirera, Montargull. Obviamente en el Priorato la huella musulmana es mayor, aunque no ha sido estudiada de manera profunda. Algunos topóminos son suficientemente elocuentes: Albarca, la Morera, Falset, Cabassers, Siurana, aunque de raíz latina (Severianus). En cuanto a los vestigios arqueológicos
de este período, debemos hacer mención de la práctica
ausencia de su
En la Conca de Barberá tenemos la noticia de una necrópolis hispanomusulmana cerca del río Viern, en Vilanova de Prades (VILASECA y PRUNERA 1966), y los interesantes restos de una torre altomedieval y hábitat asociado en Castellfollit (CARRERAS 1981). TORNAR AL PRINCIPI
DE LA PÀGINA
Tal vez la evidencia arqueológica más palpable, también menospreciada e incluso resbaladiza, de la existencia de población en el Campo, Conca y Priorato entre la antigüedad tardía y la conquista feudal, es la de las necrópolis. En las comarcas tarraconenses contamos con una serie de datos sobre la existencia de conjuntos de tumbas, básicamente de losas que han presentado bastantes problemas a la hora de ser fechadas y explicadas históricamente. Se trata de conjuntos funerarios en ámbitos rurales, básicamente tumbas de fosa, lajas, y algún caso de rupestre, sin relación aparente con edificios religiosos. Se localizan en en puntos altos, laderas de montes, cañadas, caminos o cursos de agua. Tampoco nos faltan casos de agrupaciones de tumbas relacionados con necrópolis de la antigüedad tardía sobre restos de época imperial de villas romanas. Por desgracia la mayoría de datos que forman esta panorámica funeraria procede de hallazgos casuales o excavaciones antiguas, lo cual proporciona una información muy desigual e insuficiente, aunque comenzamos a contar con algunos casos de excavaciones con metodología científica (MENCHON 1995a, 1996, 1998, en prensa; MENCHON y TOSAS 1995). En buena parte, los datos que ahora utilizamos, proceden de un estudio del prehistoriador Salvador Vilaseca y de Alberto Prunera, quienes ya insinuaban el carácter tardorromano y medieval de las tumbas (VILASECA y PRUNERA 1966). Estos dos autores nos definen el problema de esta manera: “Se trata de sepulcros de fosa revestidos con losas, alargados y con alguna frecuencia de planta trapezoidal, de la anchura y longitud adecuadas a laso del cadáver, inhumado individualmente, de ordinario en decúbito supino, no encogido”. Casi nunca aparece depósito funerario ni ajuar, de manera que se hace difícil fecharlas. A diferencia de la Cataluña Vieja, por el momento solo contamos con dos casos de necrópolis excavadas a la roca, en Albarca y Siurana. En nuestra opinión, y la de otros especialistas, debemos fechar estos conjuntos funerarios entre el final del mundo antiguo y la conquista feudal. Serían las necrópolis de los habitantes de la zona, tal vez hispanomusulmanes, tal vez aprisiadores previos a la conquista, tal vez la población procedente de la antigüedad tardía, y que cabría relacionar con la explotación directa del territorio basada en la agricultura, la ganadería trashumante y la minería. El número limitado de tumbas puede ser indicativo de pequeñas agrupaciones humanas de carácter familiar, clánico o comunal, aunque conocemos algunos casos más amplios que podrían tener una estructuración más compleja.
Como anteriormente hemos comentado, estas necrópolis aisladas se encuentran básicamente en una amplia franja de territorio entre el hisn de Siurana y la llamada frontera del Gayá. Algunas de ellas se ubican precisamente en la zona de los montes de Prades, es decir en el territorio del distrito de Siurana. El castillo de Siurana (Cornudella de Montsant, Priorato) fue, junto al de Miravet, el último enclave islámico en caer dentro del actual territorio de Cataluña. La belleza del lugar y su carácter claramente estratégico hacen de Siurana un espacio único, y también por, a pesar de todo, ser un gran desconocido. Los trabajos de consolidación del castillo nos han permitido acercar a su evolución y a plantear una serie de aspectos y problemas en torno a las fortificaciones hispanomusulmanas de las comarcas del sur de Cataluña, y a un tiempo comenzar a identificar y conocer sus características constructivas, que “sospechosamente” se repiten en otros castillos que hasta ahora se han tomado como feudales o cristianos. Siurana se encuentra en una península que domina los valles del río Siurana y de Cornudella en el extremo este de la sierra de Prades, a 737 metros de altitud. Sabemos que el lugar ya fue frecuentado en época prehistórica, dada la presencia de industria lítica, y se supone que el topónimo es una arabización (Xibrana) del antropónimo Severianus, lo cual lleva a pensar en la ocupación del territorio desde almenos la época romana. En hisn, el 1154 los musulmanes de Siurana afirmaron a los conquistadores feudales que habían sido señores del lugar durante 244 años, lo cual nos llevaría hacia el 869, fecha que coincide con un momento de fortificación de la marca superior de Al Andalus frente la presión de los condados cristianos (Tortosa en el 850-851, Monzón en el 896, Lérida en el 884 y Balaguer en el 897). Si bien Xibrana no se cita en la Crónica de Rasis (circa 920), tenemos su mención en un documento feudal del 1095, “Et terminum de supradictum kastrum… circi chacumin[a] montis karbonera vel in kastrum Siurana”. La mención tardía del castillo puede ser porque en un principio la fortificación tendría menos importancia que la alcanzada en el siglo XI, cuando se convierte en un punto estratégico de la defensa de la marca hispanomusulmana. En cambio si que parece citarse en la obra de Iaqút (1229): “castillo muy fortificado situado a la costa de al-Andalus que está a dos jornadas de Tortosa” con el nombre de Xubrút. Con éstos datos, escasos,
podemos suponer que Siurana es un hisn construido posiblemente en el siglo
IX dentro de la dinámica andalusí del refuerzo de la frontera
el superior frente al empuje de la conquista feudal. Su situación
estratégica fuer un importante activo en su defensa, especialmente
desde la fijación de la marca en el río Gayá hacia
el año 1000. Sería el centro de control de un amplio territorio,
con una malla defensiva a su alrededor: la Morera de Montsant, Albarca,
Ulldemolins, Prades, Alforja, la Mussara, y Albiol. En una segunda línea,
habría el Vilosell, Vimbodí, la Pobla de Cérvoles,
Falset, Pradell de la Teixeta, Cabassers, el Loar, la Palma, la Torre del
Español y Vinebre. En diferentes puntos habrían torres: Alcover,
Arbolí, Bellmunt de Priorat, las Borges del Camp, Colldejou, la
Figuera, Margalef, la Torre de Fontaubella y Vilanova de Prades. Esta extensión
del distrito de Xibrana se corresponde con buena parte de la comarca del
Priorato, de los montes de Prades y la sierra de la Llena, es decir, con
parte del Campo de Tarragona, la Conca de Barberá, las Garrigas
y la Ribera de Ebro, y viene corroborada por los límites del territorio
que nos dan los documentos feudales justo después de la conquista
de 1153-54.
Arnau y sus hijos, con una reserva de una parte para la orden del Temple. Entre 1153 y 1154 se ocupó Siurana, aislada del resto de al-Andalus tras la conquista de Lérida y Tortosa. Ciertamente el carácter abrupto del entorno del castillo y la defensa natural de los montes de Prades y Montsant, llevaron a los conquistadores feudales a hacerse primero con las medinas de Lérida y Tortosa, y una vez aislado el distrito de Siurana, iniciar su conquista (CATALÀ y RIQUER 1973; GORT 1994). Durante el asedio Ramón Berenguer
IV concedió carta de población. Ya conquistada, pasó
a manos de Bertrán de Castellet y después a Albert de Castellvell,
los cuales habían contribuido activamente en la propugnación
del lugar. Buena parte del distrito del hisn formó en tiempo de
Alfonso I la bailia real de las Montañas de Siurana, que después
se llamaría de los montes de Prades. Tras la conquista, tenemos
muy pocos datos documentales, como el dato que en 1287, que se invirtieron
sesenta sueldos y cuarentas dineros en obras en el castillo. En 1294 hay
la referencia de una capilla dedicada a san Joan. Si bien el lugar perdió
importancia estratégica tras la conquista y nueva estructuración
del territorio, el castillo se utilizó, dada su lejanía y
aislamiento, como prisión de determinados personajes: Bernardo de
Foix, Alemán de Lentín, el arzobispo Bernardo de Olivella,
Carlos el Cojo y sus hijos Carlos, Luis y Roberto de Anjou. En este período
Siurana fue un de los núcleos de población de las nuestras
comarcas donde hubo un grupo importante de occitanos, entre los
El 1324 Jaime II creó el condado de Prades en el que se incluyó Siurana. Durante la Guerra Civil Catalana, el 1462, las tropas del arzobispo de Tarragona y el conde de Prades reunieron a Siurana para acudir al asedio de Tarragona. En tiempo de la Guerra de los Segadores se instaló un destacamento francés, que se rindió después de dos meses, el 27 de noviembre de 1651. Posteriormente, una orden real hizo derribar el castillo. El 1812, en tiempo de la Guerra de la Independencia, las tropas napoleónicas hicieron estragos al lugar. Desde el siglo XIX Siurana se convierte en un lugar que llamada la atención a viajeros y excursionistas. La literatura evoca el recuerdo de su inexpugnabilidad y la leyenda de su conquista. Entre los años 30 del siglo XX y entre 1945 y 1949, J. Padrós realizó trabajos arqueológicos. La metodología de trabajo empleada por aquel entonces hizo perder una valiosa información estratigráfica sin la cual se hace difícil de entender la fortificación (PADRÓS 1956; MENCHON 1995b). El castillo se encuentra en el istmo de la península donde hay el pueblo de Siurana. Es un espolón rocoso con más de 250 metros de desnivel, que domina el entorno inmediato: el río, las sierras de Cantallops y el Montsant, el collado de Albarca, el camino a Prades, Gallicant, Siuranella y el valle de Cornudella. Es pues un claro punto estratégico (BOLÒS 1995a) con unas características tipológicas que lo relacionan claramente con otros husun de Sharq al- Andalus, especialmente de la zona valenciana (BAZZANA, CRÉSSIER y GUICHARD 1988). A pesar de todo, los restos de las fortificaciones hispanomusulmana y feudal están bastante maltrechos. Se localizan sobra una plataforma de piedra calcárea gris, con una extensión máxima de 180 por 50 metros (este - oeste y norte - sur). En la parte superior del hisn, se erigió en época islámica una torre de planta cuadrada sobre unas estructuras actualmente muy deterioradas, que se pueden tomar como una defensa del mismo período. Se construyó sobre la roca mediante la técnica de la tabiya: muros levantados utilizando cajas de encofrado, en este caso con la utilización de mortero y piedra, combinando alternadamente mezcla de mortero con árido rojo y blanco, que daría una interesante la solución cromática (MENCHON 2003; ADELL y MENCHON 2005). El espolón donde hay la torre estaría protegido por un muro también construido con la técnica de la tabiya, el cual rodearía un espacio posiblemente abierto a un patio central con cisterna o silo, y que podríamos tomar como una vivienda de lo que se puede definir como alcazaba o residencia. Al sur de la torre nos encontramos con un espacio cubierto por una bóveda de sillares y arcos torales de piedra, que se conoce popularmente como la Prisión. Se trata, sin embargo, de una cisterna del siglo XIII. Al lado este, una serie de muros de mampostería y sillares, de planta irregular, cierran un espacio delimitado por arcos y muros de los cuales nos ha llegado bien poca cosa, a excepción de una serie de recortes en la roca y un depósito. Al oeste, donde la roca se estrecha, tenemos la continuación de la defensa musulmana y una reforma bajo medieval, con una tronera de orbe y palo, justo sobre un foso abierto en la roca, conocido popularmente como el Salto de la Reina Mora. Entre la cisterna y la vivienda hay un pasadizo escalonado que da a un paso al sur, por el que se bajaría a la plataforma inferior del castillo o albacar. Este es un amplio espacio dividido en dos grandes niveles en el que debemos diferenciar una serie de zonas. En el lado norte tenemos una serie de estructuras que definen unos espacios de uso comunitario: un molino del cual nos ha llegado la huella en la roca, y asociado a unos espacios que hay que definir correctamente, pero en principio de uso industrial; y una zona dividida en tres ámbitos y un espacio adyacente que en principio se había tomado como una construcción feudal, pero que ahora interpretamos como estructuras hispanomusulmanas. Los vaciados de los años 40 del siglo XX dejaron al descubierto un espacio al noroeste del castillo, de planta casi rectangular que interiormente se dividía en tres compartimentos separados por dos muros de grandes sillares en los que abrían dos grandes vanos, tomados en principio como pertenecientes a sendos arcos apuntados de datación feudal. La observación de los arcos, construidos sobre pilares de sillares acabados a punzón, y sin marcas de picapedrero, en lugar de cortados con trinchante, como sería lógico entre los siglos XII-XIV, y quizá con marcas hizo replantear su cronología. Además, el salmer del arco sobre uno de los pilares no insinúa un arranque de un gran arco apuntado sino más bien la de uno de medio punto de dimensiones más reducidas, lo que hace pensar en una solución formada por dos o tres arcos en lugar de uno solo. Las diferencias constructivas nos
aproximan tipológicamente la fábrica de los muros a las que
tomamos como
La busca de paralelos tipológicos nos lleva a plantear que nos encontramos con una pequeña mezquita de tres naves separadas por arcos de medio punto, asimilable tipológicamente al caso valenciano de Xara - ermita de Santa Ana (Simat de Valldigna), por ejemplo (BAZZANA 1992). Para la correcta identificación de la posible mezquita de Siurana, nos que ubicar correctamente el lugar de la qibla y el espacio del mihrab, pero hay unos elementos que por lo menos cronológicamente nos ayudan a pensar que la posibilidad de la interpretación no es desatinada. En el lado oeste de la hipotética mezquita hay un espacio rectangular de pequeñas dimensiones, que bien podría ser la madrasa o escuela coránica, y una imponente torre defensiva de grandes sillares, de cronología emiral, que podría haber hecho las funciones de alminar. Por otra parte, los trabajos de limpieza llevados a cabo el año 1999 localizaron un gran capitel, bastante sencillo de factura, de tradición corintizante que es asimilable a otras piezas alto medievales que se han tomado como de influencia hispanomusulmana, como un caso de San Pedro de Casserres. Este capitel bien podría formar parte del sistema de sustentación de los arcos de las naves de la mezquita. Al este del castillo se conservan los restos de la muralla defensiva, construida con grandes sillares unidos con mortero, construidos tramadas sucesivas, y que forman una doble defensa, muralla y sitara, cerrada exteriormente por un amplio foso probablemente hispanomusulmán. Se conserva un acceso al recinto, que daba a un espacio acotado por las defensas islámicas, y a su lado una serie de espacios que se pueden tomar como equipamientos o viviendas de cronología hispanomusulmana. Ya fuera del hisn, al norte se conserva aún una imponente coracha, que cierra el paso al interior de la península de Siurana, y estaba remate por una potente torre albarrana de cronología emiral. TORNAR AL PRINCIPI DE LA PÀGINA 8. SIURANA Y LAS FORTIFICACIONES HISPANOMUSULMANAS EN LAS COMARCAS TARRACONENSES Ciertamente acercarnos a las características constructivas del hisn de Siurana nos ha permitido de poder observar una serie de rasgos que se pueden tomar como los fósiles directores del que puede ser la arqueología hispanomusulmana de la marca superior oriental de Al Andalus. Hemos podido observar que el hisn se construyó con unas características bastante significativas. No nos encontramos con una construcción militar formada con muros de defensa recta y torres asociadas, sino que nos encontramos con un sistema de muralla en zigzag, que formaría ángulos y aristas vivas aprovechables para levantar torres, con plantas poligonales.
Y no olvidamos, en los aparejos con
mampostería se documentan hiladas espina de pez, especialmente a
las hiladas inferiores de cada tramada, que también se definiría
como opus spicatum o pseudospicatum, técnica que también
hemos observado, por ejemplo, a la muralla del siglo IX de la Zuda de Tortosa.
Estos elementos de replanteo de obra y de construcción nos llevan
a pensar la hipótesis que por lo menos una parte significativa de
las fortificaciones de las comarcas tarraconenses tomados como feudales,
pueden tener una cronología
Estas dos fortificaciones, Albiol
y Castellfollit entran dentro de la órbita del sistema defensivo
del distrito de Siurana, y es pues lógico plantear que se trata
de construcciones de origen hispanomusulmán. Y en este contexto
hay que poner el muro de sillares, de soga y tizón existente al
pie de la iglesia románica de Mont-ral, por ejemplo, y que podríamos
relacionar con aparatos similares de época califal, por dar un ejemplo.
Pero lo sorprendente, o aparentemente sorprendente es observar que estas
técnicas constructivas que asociamos a fortificaciones hispanomusulmanas
de los montes de Prades, también las encontramos en castillos historiográficamente
cristianos... en la frontera del Gayá.
Un ejemplo, para nosotros lo suficientemente elocuente es la de la famosa torre del castillo de Santa Perpetua de Gayá (Conca de Barberá). Se trata de un clásico de la historiografía castellológica catalana: una torre de planta triangular levantada con muros de mampostería y arriostramientos de vigas de madera, que en un momento determinado se forra con un aparejo de sillares irregulares de grandes dimensiones y coronado por almenas de remate piramidal. En primer lugar la técnica constructiva de la primera torre, de mampostería asociada a refuerzos de madera, nos enlaza con la tradición constructiva de la antigüedad tardía, y con ejemplos lo suficientemente conocidos en el prerrománico como Santa Coloma de Andorra. Si nos ceñimos únicamente a estos dos aspectos, hay que plantear, por lo menos, si nos encontramos delante de de una construcción de la antigüedad tardía o hispanomusulmana. Ahora bien, si observamos las características del forro, las dimensiones de los grandes sillares, la manera de construir... nos encontramos que aplicando un criterio de datación tipológica, estaríamos ante de una construcción de época emiral, por otra parte lógica en un momento de fijación de la frontera entre cristianos y musulmanes. Y hay otros detalles que no podemos dejar de lado, como la existencia de un foso muy semejante al de Siurana, y el hecho de que la iglesia de Santa Susana, historiográficamente tomada como prerrománica, está fuera del recinto castral, y tiene una estructura arquitectónica deberíamos por lo menos estudiarla detenidamente. Pero no lejos de Santa Perpetua, tenemos el castillo de Saburella (municipio de Querol, Alt Camp), con una estructura de muralla en zigzag y un aparejo constructivo de grandes sillares desbastados, perfectamente asimilable a la técnica que hemos visto en Siurana y a Santa Perpetua, y por lo tanto a las fortificaciones hispanomusulmanas de las tierras de Lérida. Es una fortificación imponente, y fuerza bien conservada, que se ha interpretado como una obra de los siglos XII-XIII, momento en que la frontera... y la guerra estaban ya muy lejos de estas tierras, y el feudalismo utilizaba otros modelos constructivos para sus castillos, que precisamente no estaban ya en lugares de montaña como el de Saburella, sino asociados a núcleos habitados, de nueva planta o sobre precedentes, pueblos, villas, ciudades...
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| TEXT I FOTOGRAFIES: JOAN MENCHON I BES. EDICIÓ I PUBLICACIÓ WEB: CARLES X. CABÓS - cornudellaweb.com | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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