Sorprende
gratamente que tras su primera juventud en Reus y tantísimos años
en Barcelona, Josep Morató mantenga la forma de hablar de Cornudella
de Montsant. No es el acento lo único que este hombre meticuloso
y sentimental serva del lugar donde sus antepasados abrieron los ojos;
es toda su paleta de azules -los primeros y últimos tonos del día-
en este rincón del Priorat; los constantes homenajes y exposiciones
que Cornudella le dedica; y la ilusión de que le nombraran hijo
adoptivo hace dos años. Todo ello se remata con algunas antológicas
y la medalla de oro del Ayuntamiento de Reus.
¿Usted se considera de
Reus, de Cornudella o de Barcelona?
Hummm...
Nos fuimos de Reus, donde mi padre era veterinario, a Cornudella cuando
yo tenía 4 años porque mi madre se había quedado viuda
con 3 niños y en Cornudella teníamos una tía que vivía
sola. En Reus vivíamos en la calle de Sant Francesc, lo recuerdo
perfectamente. Yo quería estudiar bellas artes, así que cuando
tuve 10 o 11 años nos fuimos a Barcelona. Cuando te vas de un sitio
lo quieres más. Los que viven en él lo quieren pero de una
manera distinta.
En todos sus libros tienen un
papel muy importante las tertulias, todas organizadas por usted, y los
viajes. ¿Cuáles han sido los más importantes en su
carrera?
Los que influyeron en mi formación:
París en el 54 y Roma en el 55. Eran viajes para pintar, conocer
otras cosas... Yo quería entrar en la Academia Española de
Roma, pero me dijeron que ni lo intentara, que era imposible. No me lo
creí. Fui a Roma personalmente y desde allá mandé
una instancia a Madrid. Al cabo de una semana ya vivía en la Academia
Española de Roma.
¿Vivía en la Academia?
Era
un montaje que tenía el gobierno español para becarios. El
embajador también vivía en la academia. Nos asignaban unas
habitaciones individuales enormes, y además teníamos un estudio
a parte. El comedor salía a mitad de precio que en un restaurante.
En Roma estuve dos meses y un tercer mes lo pasé recorriendo Italia:
Milán, Venecia, Nápoles, Capri, Pompeya...
¿Y París?
Cuando acabé las milicias
de estudiante quise ir a París, pero en pleno franquismo costaba
mucho que te dejaran salir. Estando además dentro del período
militar, era peor. Todo se arregló porque mi madre tenía
un conocido, un marqués, que era secretario del alcalde y me firmó
un aval diciendo que yo no me escaparía.
¿Qué
fue lo mejor de todos sus viajes?
La gente que he conocido. Una vez
estaba pintando en París y un paseante se quedó mirando hasta
que acabé. Fuimos a comer juntos y la amistad ha durado !50 años!
Era un piloto americano de la Swissair afincado en Ginebra, pero tenía
un barco anclado en el Sena. Me dejaba la llave de su casa, yo iba con
mi mujer... En fin, una buena amistad. Lo mismo me ocurrió pintando
en el Pirineo: pasó un francés, le gustó lo que pintaba,
me compró el cuadro y a raíz de aquello nos invitaba a su
casa en Morbihan, en la Bretaña francesa...
¿Siempre ha tenido tendencia
a lo francófono?
Quizás.También he
conservado largos años las amistades con un crítico francés
de cuando estuve en Lyon y Grenoble...Hay unas cavas en Reïms con
una calle que lleva mi nombre... Pero tengo muchos amigos en España.
Tengo un amigo del servicio militar en Sevilla, José Fernández
Fores que llegó a General y Magistrado del Tribunal Supremo... El
otro día me llamó una señora de Ronda a la que había
perdido la pista !hace 20 años!
No me extraña nada viendo
como usted cultiva el trato humano. El alma de todas las tertulias de pintores
en Barcelona durante muchos años fue usted. ¿Cuántas
tertulias montó?
Cuando
tuve mi estudio en el Paseo de Gracia, bajaba a hacer un café. Nos
íbamos encontrando cada vez más pintores, y al tiempo nació
la Penya Punyalada. Con los años se trasladó al Samoa, a
la Cova del Drac y finalmente al Escarlata. La gracia de las tertulias
es no tener que quedar con nadie, que la gente vaya cuando quiera y siempre
se encuentre con alguien...
Me muestra un gran cuadro con
todos los artistas que frecuentaban la Penya Punyalada y me va recitando
los nombres: Griera, Florit, Lloberas, Bosch Roger, Planas Gallès,
el escultor Llaurador...
Mira éste es Planas Gallès.
Con él decidimos ir al Samoa, y cuando cerraron, a la Cova del Drac...
En una tertulia de café a veces hablas, otras dibujas, otras haces
planes... Y este es... FI ENTREVISTA
‘La
gracia de las tertulias es no tener que quedar con nadie’
Coleccionista de afectos
Utiliza el plural mayestático,
le horroriza hablar de temas crematísticos y pide disculpas por
si acaso me ha demorado demasiado con la entrevista. Mucha exquisitez para
los tiempos que corren, de agresividad y educación más bien
escasa. A sus casi 80 años jóvenes, Morató Aragonès
es un señor de los de antes, con sombrero, buenos modales y con
el don de –manteniendo una distancia de respeto– cultivar y mimar a sus
amistades con atenciones durante meses, años y décadas. No
se le escapa un amigo a no ser que sea por designio fatal. Los descubre,
los mantiene, los repesca si se habían enfriado... Su secreto es
el afecto que le retorna multiplicado por efecto boomerang, y sus armas
son su agenda, la felicitación navideña, encuentros en restaurantes,
la organización de tertulias, el teléfono, invitaciones a
una exposición...
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