BONITO NÚMERO
Y CRUEL SUERTE.
Àngel Lluís
Carrillo Pujol
Debería haber apostado por
“Montsant”, el hermoso caballo miel de zancas blancas, pero me equivoqué
una vez más y marqué la casilla siete, “Minotauro Ciego”.
Elegí ese espantoso nombre y dejé que un animal mitológico
me diera el último empujón hacia esta fosa bovina de una
apestosa granja de Tarragona.
Abundantes monedas sobre la mesa,
cuatro naipes en mi mano derecha, un cigarrillo agonizante bailando en
mis labios y un vaso de bourbon acariciado por mi mano siniestra.
Necesitaba un siete y llegó. Volqué toda mi vida sobre la
mesa. Él destapó su full mientras yo arrojé mi trío
al suelo. El silenció borró el humo, pensé en sacar
mi vieja pistola y matarlos a todos, pero me faltó valor y sobró
temor. La desesperación me abrazó, tanto como la mala suerte
me había besado durante toda mi corta y acelerada vida.
Sin un euro en el bolsillo no claudiqué.
Debía recuperar lo perdido. Mi única y estúpida
idea fue dirigirme al peor tipejo de la ciudad, un usurero hijo de padre
y madre desconocido que presta miserias a cambio de fortunas. Un
Satanás que ha creado su Reino Infernal en los suburbios de la ciudad.
Fui hacia allí y tomé lo que nunca podré devolver.
Esta mañana me he despertado
con una resaca feroz, todo giraba a mí alrededor. Tras vestirme,
sin ducharme ni afeitarme, he bajado al bar lóbrego que hay en la
esquina de la calle de los burdeles. Allí estaba Job, sentado en
el tercer taburete de la barra, como cada día de los últimos
cuarenta años. Le he entregado los treinta mil euros para que los
apostara al siete. En mi última oportunidad no podía elegir
otro número. Fuimos siete hermanos, “Los siete magníficos”
es la película de mi vida, nací el día diecisiete
de julio de año sesenta y siete, mi séptima novia fue mi
mujer y a los siete años me divorcié de ella. Debía
ser ese número.
Ahora estoy aquí, bajo las
faldas de la Montaña Santa, Montsant, maldiciendo haber ignorado
el lugar de mi muerte, ya que de haberlo conocido otro caballo hubiera
corrido por mí. Todas estas ideas deambulan por mi mente,
mientras el frío acero del revólver está descansando
sobre la empapada sien, segundos antes de consumar mi asesinato.
FIN
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