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Vive de manera
que
puedas mirar fijamente a los
ojos de cualquiera y mandarlo
al
Diablo.
Henry-Louis Mencken |
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Podrán
cortar todas las
flores, pero no podrán
detener
la primavera.
Pablo Neruda |
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AL AMIGO QUE TE PRUEBE SU AMISTAD
SUJÉTALO AL ALMA CON AROS DE ACERO, PERO NO EMBOTES TU MANO AGASAJANDO
AL PRIMER CONOCIDO QUE TE LLEGUE.
WILLIAM SHAKESPEARE.
Cada vez que toco un poco fondo,
Cada vez que el tiempo vuela,
Un recuerdo más que pasajero,
Otra ilusión que llega.
Cada corazón merece una
oportunidad.
Y está perdida sola en
medio de la ciudad.
Soy el que lo piensa por los
dos,
Hasta que sale el sol.
No importa el problema, no importa
la solución.
Me quedo con lo poco que queda,
entero en el corazón.
Me gustan los problemas, no existe
otra explicación,
Esta si es una dulce condena,
una dulce rendición.
“DULCE CONDENA”, Los Rodríguez.
CAPÍTOL 1
Yo no tenía
una granja en África, esa y muchas otras razones me llevaron a un
bar de un minúsculo pueblo de la provincia de Tarragona. Primer
plato a escoger, ensalada verde, sopa casera. Segundo plato, macarrones,
arroz a la cubana Tercer plato, costillas de cordero, sardinas a
la plancha. Postre, frutas del tiempo, helado de vainilla.
Precio mil pesetas. Estrella Dorada. Continuo leyendo hacia
el sur. El ayuntamiento de Reus tiene el honor de reconocer al Señor
Josep Maria Escornalbou Tordera como primer clasificado en el concurso
anual de “Truita Cargolada” de esta hermosa ciudad. Reus, treinta
de mayo del año mil novecientos setenta. Se acompaña
al final de una fotografía que muestra una tortilla alargada, amarillenta
por los años o por el huevo, pequeños trazos blanquecinos
la cruzan de un extremo al otro dándole un aspecto irreal.
Los huevos cocinados descansan sobre un fondo gris, con toda seguridad
una sartén.
Al oeste encuentro
la fotografía de la joven que rige el bar acompañada de un
mulato sonriente de unos dos metros de altura, se agarran por la cintura.
Sobre sus cabezas puede leerse “delayed”. Están en un aeropuerto,
coño, es Rivaldo. Tras ellos portando una enorme maleta aparece
una mujer pelirroja, un vestido rojo le cubre desde los hombros hasta las
rodillas. En su tobillo izquierdo se descubre un reducido reloj rojo.
Me acerco para verlo mejor pero el tictac es demasiado minúsculo.
Pido las lentes al tipo de la mesa del fondo. El hombre con las gafas
de nalga de botella no me las procura. Solicito una lupa en la barra.
“No, sólo tenemos aspirinas, valium y rosquillas de mi abuela”.
Dejo mi bonita chaqueta de piel de cocodrilo en la silla, gracias Nícolas
por “Corazón Salvaje”. Salgo a la calle huérfana de
nubes. El sol me chilla que estamos en verano mientras abrasa mi
piel. Encuentro en una estrecha tienda azul, un gran cartel anuncia
todo a cien pesetas, el vidrio transparente aumentador me cuesta doscientas,
alguien está siendo el timador de esta historia y no soy yo.
Vuelvo al bar, adoso mi ojo y la lente a la fotografía, las manecillas
del reloj son verdes, no hay números, aparecen marcas amarillas.
Pregunto a la joven por la foto. Es de hace unos seis meses en el
aeropuerto del Prat, en Barcelona, era el viaje de fin de estudios a Tenerife.
Bonito lugar, tengo hermosos recuerdos de la tierra volcánica rodeada
de playas oscuras, noches enólicas y despertares húmedos.
-La chica de rojo,
no tengo ni idea. Espera, Jaume comentó lo buenas que debían
estar las irlandesas, ya que esa chica se dirigía a la salida hacia
Dublín. Habló de unas piernas infinitas y de unos senos
deseosos de ser tocados hasta la extenuación. Mi novio es
un poeta cutre y cariñoso. Ahora le obligo a que me lo diga
a mí, sé que es mentira, pero me halaga.
No me digas la
verdad y no dolerá, pero cuando sepa lo que realmente ocurrió
saldré corriendo hacia la venganza o hacia ti.
Viajar sin conocer
el medio de transporte que utilizarás es arduo, pero enormemente
seductor. Sólo conoces el presente, el futuro existirá
pero no es previsible. Quien no sabe donde va cualquier camino le
llevará allí, Alicia que vivió en el país de
las maravillas te amo por convertirme en soñador. Mover el
dedo y tener la oportunidad de ser suprimido por un asesino en serie es
un privilegio que muy pocos tienen. Detener autos y conocer a su
ocupante contribuye al conocimiento de la especie más que cualquier
libro escrito por algún estúpido psicólogo que jamás
ha conocido un burdel de Bangkok, estrellas de Hollywood, una aduana colombiana,
fiestas en bares sin nombre, celebraciones en los retretes de Carabanchel,
amantes de terroristas, ganadores de concursos de flatulencias, impotentes
que contratan folladores para sus esposadas esposas, cazadores de elefantes,
lectores de libros indochinos, comedores de carne humana o cualquier otro
sujeto que no escribe su predicado con las líneas rectas de la lógica.
Para idear un
camino únicamente necesitamos conocer el destino, el sendero a recorrer
sólo importa para conocer el grado de satisfacción que nos
acarreará el traslado. Si viajamos de Lleida a Zaragoza por
la carretera nacional y nos detenemos en todos los prostíbulos del
trayecto, estrujando todos los servicios que allí se ofrecen, la
travesía será más larga que utilizando la autopista,
pero el goce que las casas con señoritas que cobran en metálico
o en tarjeta, nos ofrece multiplicar por infinito el placer del viaje por
la carretera de las velocidades disparatadas y los accidentes sin supervivientes.
Travesía
sencilla. Un solo trotamundos dirección Dublín.
El medio de transporte carece de importancia. Salida inmediata.
Día de llegada dependiendo de la satisfacción que me proporcione
el estar en ruta. Fecha de vuelta sin interés, soy un viajero,
no un turista. Debo llegar a la costa de Irlanda, Eire en gaélico.
Excluyo el avión, hasta la fecha no recogen a nadie que mueve un
dedo de izquierda a derecha en la pista de despegue. Conociendo el
castellano y sin la menor idea de francés, escrito, hablado y practicado,
decido salir desde el norte del país que creó la Santa Inquisición
y donde fue escrito el Quijote. Llego por ejemplo a San Sebastián,
cazo un barco que vaya a la capital irlandesa, encuentro a la fémina
del reloj rojo en el tobillo izquierdo, hablo con ella y el destino me
continuará arrastrando por el océano del conocimiento.
El plan es imperfecto, para la perfección ya tengo a los políticos.
El dinero debe
ser el medio pero jamás el fin. Si las monedas son tu propósito
en esta existencia la riqueza que poseas marcará tu destino.
Si dejas que el destino este libre de injerencias de tipo material tu futuro
te pertenecerá, no existirá fruto del sudor de tu cuerpo,
sino obra de tu alma.
Salgo del bar.
Debo dirigirme hacia Tarragona, la distancia es aproximadamente de unos
cuarenta y cinco kilómetros. A las tres de la tarde, son las
tres en punto de la tarde. Hace muchísimo calor y las nubes
sólo existen en mi recuerdo. Despedazo el billete de vuelta
en autobús y me dirijo por la calzada hacia mi destino costero.
Guardo el cocodrilo en la mochilla azul con el escudo Atlético.
Un paso tras otro me acerco a mi meta, mientras me alejo de la salida.
Un paso tras otro y mis poros inician la secreción de agua marina.
Un paso tras otro y los edificios humanas dejan paso a los de Dios.
Un paso tras otro y el cansancio se apodera de mis piernas. Mi cabeza
navega entre el mareo y la satisfacción, la respiración me
recuerda que soy íntimo del maldito tabaco y los pies riegan mis
viejos calcetines de caminante. Durante la primera hora de mi camino
aparecen dos camiones, diez autos, tres bicicletas, dos tractores, miles
de flores, cientos de árboles, millones de moscas y cuatro mosquitos,
dos de ellos ya finiquitados entre mis dedos, sus restos reposan en mi
pañuelo. Los otros dos se han llevado parte de mi ADN, dejándome
dos manchas rojas, pruriginosas y abombadas en mi brazo izquierdo.
Encuentro un pedrusco
bajo un almendro en la desembocadura de un camino de piedras y margaritas.
Apoltronado miro hacia la carretera, se acerca un coche rojo, me alzo,
muevo el dedo con desgana y faz sonriente, el coche pasa de largo.
La conductora es una mujer de unos treinta años, gafas oscuras,
cara de no haberse corrido en su puta vida y en su coche suena una horrible
canción veraniega, no se ha detenido la muy zorra. Baja otro
coche, este es azul, va demasiado deprisa, me aparto un poco de la carretera,
su cristal de popa es opaco, no le he visto la cara, pero la imagino, otro
cerdo hijo de la gran chingada. A la tercera va la vencida, pero
no. Un camión de varios colores, predominando el amarillo,
con una inscripción en el vidrio delantero de “Pajarillos”, supongo
que por las pajas que se hace el amo del cacharro, ni me mira. Cuarto
vehículo, lento, creo que puedo pescarlo en movimiento, un “dos
caballos”, azul y descapotado. Se detiene y la puerta se abre.
-Sube muchacho,
saca los papeles que tengo en este asiento y reposa tus posaderas.
¿Hacia donde vas?. Un hombre de unos setenta años y
pelo canoso me habla mientras abre la puerta.
-Voy a
Tarragona.
-Sólo
llego hasta Reus.
-Muy bien,
gracias.
No tiene
cara de ser un pervertido, eso me tranquiliza. Lleva una botella
de agua en el asiento de atrás, tengo mucha sed, pero por vergüenza
y por no iniciar una conversación no se la mendigo.
-Que calor
que hace hoy, este tiempo es capaz de achicharrar a un tuareg. ¿Sabes
quienes son los tuaregs?.
-Son unos
tipos que viven en el desierto y visten de negro.
-Exactamente.
Leí un libro que habla de ellos, ¿Te gusta leer?.
-Sí
-él quiere dialogar y yo beber-. ¿Puedo coger
la botella de agua?.
-Si quieres
tómala, pero no es agua. Es orujo puro que destilo yo mismo.
Aprendí la receta de una abuela que tenía en Galicia, bueno,
era una tía segunda, la tía de Merceditas. Merceditas
fue con la mujer que perdí la virginidad sin pagar, pagando la había
extraviado cinco años antes, en un burdel de Valencia. ¿Conoces
Valencia?.
-Sí.
El buen hombre
parece que no va a callarse nunca, cierra la boca por Dios, iré
a gatas con un cardo borriquero en el culo, pero cállate.
¿Porqué no eres un psicópata?. Frenas el coche,
me obligas a bajar, me torturas durante dos días y después
te meriendas mi cadáver, me sería más placentero que
continuar escuchándote mientras este horrible bochorno incinera
nuestras cabezas.
-Ya que tienes
tanta sed, supongo que no te importará que nos paremos en el bar
de un amigo mío. Nos tenemos que desviar unos quinientos metros,
¿te parece bien?.
-Claro
señor.
Cuando alguien
es irritable le llamo señor, como a los profesores de mi adolescencia,
los de la infancia eran profes. Paramos ante una casa, piedra gris,
en el piso de abajo escrito en mayúsculas puede leerse una de las
palabras más hermosas en lengua castellana, bar. La puerta
es pequeñita, con esas cortinas tan horribles de plástico,
tubos verdes, debes moverlas todas cuando entras o sales, normalmente alguna
te da en la cara y cierras los ojos como acto reflejo. Este bareto
está perdido en medio del monte, no sé quién debe
venir aquí a tomar cañas, no se ve cerca ningún lugar
habitado. El establecimiento es grandioso, sucio como un matadero
al final de una carnicería, huele a una mezcla de orines y limón.
El camarero lleva
un parche en el ojo izquierdo, utiliza una camiseta con rayas horizontales,
blancas y rojas, un pañuelo negro en la cabeza y unos téjanos
raídos, parece el jodido capitán Garfio, pero en la mano
en lugar de un ganzúa sujeta una jarra de medio litro de cerveza.
El señor pide un vodka en vaso de chupito y una Coca-Cola con hielo.
Le invita a dejar la botella rusa en la mesa mientras cuenta que así
es como se toma en Polonia. Yo para no ser menos me voy a meter un
bourbon, sin hielo, en vaso ancho. No apaga la sed, pero esta ya
desaparecerá después, cuando la olvide.
-No nos
hemos presentado, yo me llamo Josep Vilà.
-Yo soy
Nícolas, con acento en la i.
Ese no
es mi verdadero nombre, pero me encanta improvisar nombres dependiendo
de la situación. Hablar con una chica y contarle que me llamo
Paul porque mis padres se besaron por primera vez viendo “Marcado por el
odio”, la película de Robert Wise, donde Paul Newman da vida al
boxeador Rocky Graziano, un hombre al que le era más fácil
derribar a un orangután que besar a su novia. También
me cambié el nombre a Guillermo, William en inglés, plagiando
al protagonista de la película que vimos, William Munny.
El día que conocí a una de mis primeras o últimas
novias, depende desde donde se observe, fue al salir de ver “Sin perdón”,
título profético en este caso, ya que jamás me perdonó
que me acostara con la que creía que era su mejor amiga.
Invento historias
de forma fulminante, recuerdo cuando conté a una chica que mi tío
era Joaquín Sabina. Acababa de pedir una de sus canciones
en una de esas encantadoras máquinas, ahora desaparecidas, donde
por cinco duros sonaba para todo el bar la canción que querías,
“Nos dieron las diez”, se lo tragó todo, y cuando digo todo, me
refiero a todo.
La gente
que sin conocerte de nada te revela las mayores intimidades de su vida,
sinceramente creo que tienen un problema, no sé como se define esa
enfermedad, pero sus neuronas se encuentran en un serio aprieto.
Hacerle comprender, que es natural que su mujer se largara con el primer
novio de su pueblo, una villa de Huesca, cuando descubrió que su
marido era un alcohólico, ludópata y putero no parece muy
difícil de lograr. Pero si que lo es y más tras sus
seis chupitos.
Josep tiene
un abdomen cultivado durante años, con un perímetro mayor
que una plaza de toros, unos dientes mugrientos y un aliento que tiraría
a un hipopótamo.
El capitán
Garfio es famélico, pero con una dentición y longevidad gemela
a la de Vilà. Quietos cuando yo aparezco, por miedo a ser
atrapados; nada os queda en los huesos si Garfio os tiene enganchados.
Se une a nuestro
dúo y los tres reposamos los culos en las sillas de la mesa del
fondo. Una nueva ronda arde en nuestro interior tras mojarnos los
labios. Atendiendo a los clientes del bar se queda una mulata, la
mujer del mesonero filibustero. Unos treinta años, acento
cubano, enormes tetas, frondosos labios, culo ciclópeo y diminuta
cabeza.
Los borrachos
mienten muchísimo o no mienten jamás. Garfio es de
los segundos, confiesa un pecado tras cada sorbo y cumple la penitencia
tras cada calada. No ama a su mujer la caribeña, ama a la
panadera de su pueblo, esta está casada y con cuatro hijas.
El pirata y la panadera fueron novios durante cuatro años, hasta
que entre pan y pastel ella descubrió que eran trío y lo
mandó a freír legumbres. Le siguieron cuarenta años
de vino y rosas de crédito. Cerca de mi alma habita un capitán
que sigo hasta el fondo de la soledad, donde mora el recuerdo de la felicidad.
Un viaje a Cuba,
un hotel de cuatro estrellas, una mujer, su familia, un follar diferente,
unos sobornos, unos papeles y un billete de avión. Garfio
perseguía a Peter Pan, pero el Capitán de esta villa olvidada
encontró una mujer en una isla pobre, la montó en su barco
de perdedores y la trajo a este pueblo perdido.
-La gente
se burla de mí, mi mujer se está acostando con el alcalde
y el cartero, lo sé. Josep y yo le miramos con cara de bebidos
angustiados.
-Lo sé,
lo sé muy bien. La sorprendí en los baños del
bar metiéndose el chupa-chups del alcalde entre sus fauces.
Él sabe que no le votaré y ella todavía sonríe.
Al cartero lo encontré cobrando un reembolso, el tumbado en el sofá
y mi mujer jodiéndolo mientras firmaba el comprobante sobre su pecho.
Los tres
la miramos, hombre, cara virginal no la tenía, pero los rostros
a veces engañan. Tengo un amigo que se relacionaba con una
moza a la que encasillaríamos en el grupo de mojigata, monja
o frígida. Esta señorita, quién tenga la morrocotuda
suerte de disfrutarla puede atestiguarlo, podía levantársela
a un muerto cinco minutos después de haberse desprendido del último
espermatozoide, realizar el noventa y nueve por ciento de las figuras que
se describen en ese libro de posturitas, estar siempre dispuesta a cualquier
perversión, pegar las mejores mamadas del norte del Ebro y hacer
unas pajas memorables con los pies.
La tabernera continua
moviendo su cuerpo de forma sensual mientras los parroquianos del bar la
escrutan. Cada vez está más caliente la cantina.
-Voy a
matar a esa zorra. Susurra el capitán.
-A mí
me das la oreja derecha. Me gusta ese pequeño pendiente rojo
y amarillo. Una fresa –digo yo.
-Esta no
es la primera sudaca que me traigo a este país de los cojones –Garfio
inicia una nueva confesión-. Hace cuatro años me casé
con otra. Tenía veinte años y era preciosa.
-¿Y
dónde está ahora? –pregunto tras tomar un trago de este líquido
que deja el vaso siempre medio lleno.
-Murió.
-Joder.
Tan joven. Que mala suerte –enciendo un pitillo con la mano izquierda.
-No fue
la mala suerte, fui yo –Garfio se acerca más a nosotros para contarnos
su secreto-. Cuando llevábamos tres meses casados ya empezó
con la monserga de que se aburría aquí conmigo, debía
ser más divertido hacer de puta en los tugurios de Cuba y chupársela
a todo bicho viviente que llevara más de dos dólares en el
bolsillo. Ella quería ser más que una camarera en un
bar de carretera, no le parecía suficiente trabajar aquí,
donde yo me he pasado media vida dejándome los huevos para sacar
esto adelante. Al quinto mes conoció a un abogado de Castellón
que estaba en el pueblo para arreglar la herencia de la familia Fabregat.
Al sexto mes se largó con él. Me contó que en
una ciudad tendría más oportunidades de crecer como persona,
eso me dijo, “quiero crecer como persona, vivir la vida y no quedarme encerrada
en este cuchitril contigo”. Al séptimo mes mandé a
esos dos capullos al infierno. Fui a verlos con mi trabuco de cazar
elefantes, nos montamos los tres en un coche, los llevé por una
carretera de montaña, nos detuvimos al final de un camino de cabras
donde había un descampado, les obligué a tomarse unos cuantos
somníferos que me había recetado el médico porque
no podía dormir desde que ella me dejó, cuando estaban dormidos
rocié el coche de gasolina y le prendí fuego. Bajé
del monte con mi uniforme de excursionista y cogí el primer autobús
hasta casa. Eloisa se llamaba la zorra, José Gómez
era el nombre del usurpador y “frito de capullos” era el último
plato del menú degustación –el Capitán tomó
un trago después de la parrafada.
-Venga
hombre, no me vaciles –le digo yo tras mojarme los labios con el hielo.
-No está
vacilando –me dice Josep-. Yo conocía la historia y sé
que es cierta. Ambos llevan dos años desaparecidos.
Vaig picar la seva carn per fer croquetes, vaig ficar a dins el forn
el seu cor tallat en dos. I amb els seus pulmons, els canelons van
tenir aquell gust genial que ningú els hi sap donar. Vaig
beure'm la seva sang, vaig menjar-me el seu cervell. L'única
cosa que no em vaig menjar
van ser aquells ulls que em tornaven
boig, que els guardo amb formol.
Nos quedamos
callados durante unos minutos. Me resisto a creer que eso pueda ser
verdad. Durante mi vida me han enseñado que si pierdo me jodo.
Puedo tener sueños infantiles de venganza, pero la realidad me devuelve
a una sociedad donde la resignación es la cruz de los débiles
como yo.
Continuamos bebiendo
y fumando durante horas. No me pregunten sobre que platicamos porque
no lo recuerdo ahora y jamás lo recordaré. Tengo el
escatológico honor de ser el primero en liberar los excesos de alcohol
por mi tragadera. Me tumbo en el tablado del mostrador y Morfeo,
el Dios del sueño, se apodera de mi etílica alma.
-Tengo
que bajar a Tarragona –susurro mientras mis neuronas se acomodan a un mundo
sin alcohol.
-No te puedo
acompañar, en una hora tengo que estar regando mi viña, el
sábado es el único día en el que tengo agua del pantano
-me dice Josep sonriendo bajo su pálido rostro.
-Hoy no puedo
dejar el bar –el Capitán Garfio habla tras vaciar el primer carajillo
del día en un par de tragos.
¡Oh,
Capitán! ¡Mi Capitán!. Terminó nuestro
espantoso viaje, el navío ha salvado todos los escollos, hemos ganado
el premio codiciado.
-Bueno, me largo,
me están esperando desde hace unas veinte horas –nadie me espera
en mi casa vacía, pero miento por costumbre cuando quiero desaparecer.
Los tres nos
contemplamos. El pasado desaparece si los protagonistas lo olvidan.
Ya no recuerdo nada, demasiado alcohol, ¿quiénes son estos
tipejos?. Y si mis ojos huyen desde el ahora hacia el pasado: siempre
encuentran lo mismo: fragmentos y miembros y espantosos azares - ¡pero
no hombres!.
Transitando por
el lado izquierdo de la carretera el sol me castiga por mis pecados achicharrándome
la epidermis. El relato del asesinato vuelve a mi cabeza una vez
tras otra, no quiero creer pero dudo que debo hacer. Podría
llamar a la policía, que investigaran o lo que tengan que hacer.
Si es cierto mandaría a Garfio a la cárcel, esos dos continuarían
muertos y yo no podría acercarme por esta zona en lo que me queda
de vida. Si fuera falso no ocurriría nada. Hoy no estoy
para mandar a nadie a chirona, mañana será otro día.
Una hora andando
ya es suficiente penitencia. Me siento bajo un olivo mientras muevo
mis dedos al avistar un auto. El primero se detiene y me abre la
puerta trasera, hoy será mi día de suerte.
Un matrimonio
de ancianitos, los dos vestidos de domingo el sexto día semanal.
Acuden a una boda que se celebra en la Catedral de Tarragona, mi destino.
Les recuerdo a su nieto menor, por eso se han detenido. Él estuvo
en la batalla del Ebro durante la guerra civil, lo cruzó a nado
con el rifle y la alforja, le recompensaron con cinco años en un
campo de concentración tras esa proeza física. La casa
de ella la dinamitaron los republicanos porque era demasiado ostentosa.
Se conocieron en las fiestas de la Misericordia de Reus, su hijo mayor
es abogado, el menor un pescado obeso de Convergencia i Unió.
“Las guerras son una maldición para el pueblo, una recompensa para
los usureros y una bendición para los dirigentes victoriosos.
No hay buenos ni malos, sólo penalidades, asesinatos, privaciones,
hambruna, sed, enfermedades, devastación, hurtos y éxodos.
¿Es el vencedor es el padre inglés que perdió sus
dos hijos y perdedora la esposa alemana que no enviudó?. Todos
perdemos en la guerra, nadie vence a la muerte.” El hombre tiene
que establecer un final para la guerra. Si no, ésta establecerá
un fin para la humanidad. Me aparcan en doble fila en la Rambla
Nova y bajo hasta Rebolledo. Estoy en mi casa.
Me derrumbo sobre
el catre, estoy exhausto pero no concilio el sueño, un diazepam
de cinco miligramos bajo la lengua obra el milagro. Me estremece
el teléfono ocho horas después.
-Hemos quedado
a las diez para bajarnos a Salou, a ver si pillamos algunas guiris, ¿te
vienes?.
-De acuerdo,
pasadme a buscar.
Mis amigos, capítulo
agradable de mí peregrinaje por el paraíso terrenal.
El que me acaba de llamar es Marc, durante los últimos cinco años
no lo veías nunca de noche, su novia, Beatriz o La Pechos, no le
gustaba que saliera, podría ligar con alguna. Los dos en casita
encerrados. Ella bregaba en Hacienda, ahora está viviendo
con un inspector. Marc lleva cinco meses viviendo de noche, si continua
así lo van a echar del trabajo, comprará una pistola, se
cargará al personal de Hacienda, héroe para unos, villano
para otros y unas vacaciones estatales en la penitenciaría.
Fijo que aparecerá con Homero, guapito de rostro, extravertido y
cuando se lo propone folla sin pagar. Alguna vez hemos mojado con
las amigas que nos procura. Nunca se acuesta con las hembras de los
amigotes, un detalle cojonudo.
Kurt Cobain
canta solo para mí, “si no te importa, quisiera explotar. Si
no te importa, quisiera perder. Si no te importa, quisiera irme. Si no
te importa, quisiera respirar”. Humedezco y seco mi piel en el
excusado, meto la pizza congelada en el horno, la gana tararea en mi abdomen,
demasiadas horas con el único sustento de calorías líquidas.
Devoro el invento italiano, desodorante, colonia y suena el interfono.
Ahora bajo.
-¿Dónde
coño te metiste ayer?. Estuve toda la tarde llamando -Marc
abriendo el pico y la puerta del coche.
-Me quede en
un bar de carretera bebiendo con dos jubilados.
-Si no quieres
contarlo no lo hagas, pero le vas a tomar el pelo a tu puta madre, que
en paz descanse -Marc siempre es tan políticamente correcto.
-Te lo juro,
me quedé dormido en el bareto y he bajado esta mañana.
-Venga, ¿de
qué color tenía los ojos?. O es de las de recuerdo
tu cuerpo pero olvidé tu cara -Homero gira
su cara agraciada hacia el asiento de atrás.
-Haciendo dedo
me pillo un abuelete, me invitó a una copa, nos liamos hasta esta
mañana.
-Joder, siempre
te ocurre cada cosa -Marc acciona el reproductor del CD.
Bruce Springsteen
nos cuenta la historia de un chico que dejó embarazada a su novia,
se casó con ella, ahora tiene una mierda de trabajo. Ahora
todas las cosas que parecían tan importantes, señor, se han
desvanecido en el aire, yo hago como si no me acordara, Mary hace como
si no le importara. Vuelven al río para recordar sus lindos
días.
Aparcar en este
punto turístico es una jodida odisea. Tras veinte minutos dando
vueltas por las mismas calles en un solo sentido encontramos un agujero
y metemos el coche. Ojalá fuera tan fácil meter lo
que quisiéramos en los agujeros. Acomodamos las cuatro ruedas
a mil doscientos segundos de la primera estación enólica.
Mujeres y niñas con trapitos que descubren más de lo que
ocultan, todas las culturas y razas con un destino colectivo, diversión
y extravío. Es la falta de amor la que llena los bares.
Entramos en “La
Pluma del Faisán”, bar liliputiense, mesas, bancos y taburetes revestidos
de madera. En la televisión un filme erótico, “El fontanero
su mujer y otras cosas que meter”. Nos sentamos formando un triángulo
en las sillas altas que nos acercan más al paraíso de la
barra de bar. Homero es el vértice de la figura geométrica
perfecta. Ballantine’s enlazado con Cola sobre la barra. Ramones,
Gun’s and Roses, Sex Pistols.
-Ayer vi a Beatriz,
iba paseando por la Rambla, estuvimos un rato charlando, se la ve la mar
de bien -Homero abre las fauces, cuando sólo las debería
utilizar para comer cuellos femeninos.
-Yo hace tres
semanas que no sé nada de ella, mejor así, parecíamos
la Cofradía del Santo Reproche. Sí tú, sí
yo, sí ese, sí lo otro, ¿por qué?. Un
camino que finaliza en el punto en que se inició -Marc toma
un trago al inicio y al final de cada frase.
-Olvídala
de una puta vez, esta tía no te quiere. Así de sencillo,
así de fácil -ahora debería haber cerrado yo la boca.
-No entiendo
como ha dejado de quererme. Yo quiero a mis amigos, aunque a veces
se porten como unos cabronazos, y no puedo dejar de sentir algo por vosotros
-Marc remueve los hielos de su vaso con los dedos.
-La energía
se transforma, el amor simplemente desaparece -Homero termina su
copa de un largo trago.
Maldita sea la
hora en que entré en tu vida, miserable el momento en que me vi
obligado a salir. Entre dos maldiciones nació el cielo, el
purgatorio y la muerte.
Miro al camarero,
Víctor, levanto la mano, el primer y quinto dedo escondido en la
palma de la mano, los otros tres extendidos. Él asiente con
la cabeza, prende tres vasos largos, los coloca en línea recta,
tres bloquecitos de hielo para cada recipiente, el whisky va hundiéndose
en las copas, se inundan hasta la mitad, las va situando una tras otra
bajo la fuente de Schweppes Cola, hasta que el burbujeo de esta se derrama
por el exterior del cristal. La segunda ronda está lista para
ser consumida.
-No me he acostado
con ninguna chica desde que Beatriz me dejó, lo intento como un
desquiciado, pero con la cara que pongo de salido pasan de mí, normal.
-Tengo un buen
presentimiento, esta noche fijo que mojamos -Miento, no quiero exponerle
mi opinión. Que probablemente ni esta ni en muchas noches
va a conseguir facturar hacia su camastro ninguna fémina.
Y el fatídico día en que lo haga, no va a poder extirparla
de su vida. Aseverará que es la Cleopatra de su biografía,
sólo porque le susurra al oído que él es Marco Antonio.
Dejará de percibir más allá, no estará enamorado,
sólo falto de ternura, tendrá una mujer, pero equivocada.
Bares, que
lugares tan arduos para conquistar. No hay como el calor del amor
en un bar. Miro hacia una mesa, cinco chicas, una de ellas angelical,
dos con un figura escultural pero rostro de jabalí, del otro par
sólo distingo el espinazo, unos veinte años, vuela el ánimo.
Cara de ángel conversa conmigo durante toda la noche, nos besamos
suavemente, hacemos el amor en la playa bajo la luminosidad lunar, es la
mujer que siempre he anhelado, hoy la he conocido, años felices
de noviazgo, boda, niños y vejez acariciando unas maravillosas manos
artríticas.
Un grupo de tíos
están vociferando una canción junto a la puerta del baño.
Brindo por las mujeres que derrochan simpatía. Brindo
por los que vuelven con las luces de otro día. Brindo porque
recuerdo tu cuerpo, pero olvidé tu cara. Brindo por lo que
tuve porque ya no tengo nada. Todos llevan una camiseta blanca
adornada por un dibujo blanco y negro, un mulato va disfrazado de bailadora
andaluza, una despedida de soltero. Un par se suben sobre uno de
los bajos bancos y se bajan los pantalones, mostrando su blanco culo a
todos los presentes. Ellos ríen, nosotros sonreímos
y otros apartan la mirada.
-Brindo por nosotros,
que continuemos durante lustros disfrutando de las tabernas, como lo estamos
haciendo hoy -Marc levanta la copa y nosotros con él.
-Y consigamos
follar con la mayor cantidad de mujeres que nos permita nuestra polla
-Seguimos a Homero.
-Soplar la vida,
para quedarnos realmente con lo importante, prescindamos de la superficie.
Hasta el fondo -ahora me siguen a mí.
Alzamos de nuevo
las manos solicitando más caldo del perenne jolgorio. Abraso
mi primer cigarrillo. La resaca se muda a principio de futura destemplanza,
me siento eufórico, exaltado, ardiente, vigoroso, bullicioso, optimista.
Me olvidaré de la historia del asesinato de ese par de amantes calenturientos,
no tengo tiempo ni ganas de complicarme la vida en algo que no me importa
una miera. Cada tres segundos muere un niño en África,
¿qué importan dos adultos en Europa? Voy a cebarme
de mundo para a continuación vomitarlo, la misma mierda con algo
de especias. Marc no deja de mencionar a la jodida Beatriz.
Homero teoriza sobre el significado de la tercera parte de “La Guerra de
las Galaxias”, “El Retorno del Jedi”, sobre la explotación continua
a la que se ve sometida la clase proletaria. Cuando los rebeldes
deciden destruir la estrella de la muerte, no les importa que miles de
jornaleros intergalácticos la estén reconstruyendo en ese
momento, los explotados no cuentan ni contarán nunca para los gobernantes.
No recuerda la película donde escuchó esta conjetura, sólo
resuena en su mente el rostro de Tarantino. Marc está dispuesto
a llamar mañana a Beatriz, los tres sabemos que no lo hará.
Dedicamos, como
cada velada de etilismo, unos treinta minutos al arte del balompié.
Cada día durante años enumeramos los mismos argumentos, lo
que substituimos son los acróbatas de este circo. Marc es
culé, Homero madridista y yo del Atlético, el más
magno, aunque este año vivimos en segunda. Ponemos a parir
a los once cabrones y la “madame” que entrena a nuestros canonizados uniformes,
pero anhelamos que mientras se atavíen con nuestras zamarras en
el sembrado de césped, empotren el cuero en la malla de los ignominiosos
que han tenido la bizarría de carearse con nosotros.
También
nos resignamos a que el rugby sea un deporte minoritario en este país
que nos ha tocado soportar. La cajita animada del comedor sólo
nos da algún partido nacional, otros pocos internacionales, el Cinco
Naciones y el Mundial. Recordamos el equipo francés de Serge
Blanco, Philippe Sella, Patrice Lagisquet y Pierre Berbizier que perdió
la final de Mundial ochenta y siete contra Nueva Zelanda. Los “All
Blacks” eran y son los mejores, pero ese equipo francés nos hacía
soñar tras cada pase. También recordamos el partido
entre Escocia e Inglaterra el día siete de marzo del noventa en
Murrayfield, el campo escocés. Los nietos de Braveheart vencieron
trece a siete. Los ingleses se pasaron casi toda la segunda parte
a cinco metros de la línea de ensayo escocesa, pero estos aguantaron
todas las envestidas y si el partido hubiera durado cien años abrían
continuado manteniendo a los ingleses a cinco metros.
Marc nos repite
por enésima vez que Beatriz una eminencia en el arte sexual, matrícula
de honor. Al oír las intimidades le daría un aprobadillo
por los pechos que ostenta. Conozco a un par que en una madrugada
consiguen más variedad que la tetuda en cinco años, se lo
revelo, no me cree. Amigo deslízala del altar, sólo
es un coño peludo y sudoroso.
Desde hace tres
semanas el banco de Homero tiene nueva directora. Cuarenta años,
divorciada, cuerpo de gimnasio y arrugas pertinaces. Está
trastornada por el organismo y el órgano de Homero. Ya han
fornicado un par de veces.
Hola, soy Susanna,
así se denomina la pantera, te llamaba porque no tengo apuntado
si el señor Carrillo vendrá a las diez o a la una.
Un momento, ahora te lo miro, a las diez. Gracias. ¿Dónde
cenas esta noche?. Aquí en casa. ¿Solo?.
Sí, tengo una pizza en el congelador. Yo también cenaré
sola, ¿por qué no cenamos juntos?, me ha comentado Pérez
que en el casco antiguo hay muy buenos restaurantes. De acuerdo,
a las nueve y media en Hacienda. La obviedad acompaña al resto
del relato, un Priorat, cena profusa, una copita en un lugar tranquilo,
soy un caballero, te acompaño hasta tu morada, tengo un vodka finlandés
excelente, te apetece un trago, catan el alcohol, paladean el sofá,
gozan de la moqueta, se recrean en la mesa y el deleite llega entre las
sábanas. Él se divirtió un par de días,
ella quiere más pero Homero se aburre. Cuando Susanna se canse
del juego él saldrá mucho más tarde del trabajo, se
hastiará de la situación y a buscar otra faena. Deberíamos
aplicarnos más al refranero popular. Donde tengas la olla
no metas la polla.
Marc posee dos
temas de conversación, la sempiternamente nombrada Beatriz y su
profesión, médico. Está durante largas horas
en el ambulatorio, el número de guardias que realiza se aproxima
más a infinito que a cero, el salario es pírrico en relación
con la colosal responsabilidad, una oposición estatal denominada
MIR sólo garantiza el trabajo de tres a cinco años, los pacientes
han mutado a impacientes y el gran gasto económico que supone la
sanidad no hay fondos que lo sobrelleven.
-Mañana
llamo a Beatriz, os lo juro -apuesta dinero si tienes testes, ni mañana
ni en siglos la llamarás.
Yo también
soy licenciado en medicina y cirugía, aunque ahora vendo antiparasitarios
para plantas. Viajo en autobús gratis por todos los pueblos
de Tarragona, no desembolso un duro cuando me costeo los menús diarios
de mil pesetillas y cultivo mis conocimientos en horticultura. Llevo
sólo tres meses, ayer fue mi último día, el lunes
empiezo mi viaje hacia la tierra de James Joyce, U2, Michael Collins, Van
Morrison y Guinness. Ejercí la noble profesión de médico
durante tres años, hasta que me largué. Descubrí
que mi sueño no se escribía en el mismo libro que Santiago
Ramón y Cajal o Severo Ochoa. La decisión la tomé
una mañana de resaca, sentado en el sofá en gallumbos, con
la televisión arrojando un partido de fútbol argentino, Antonio
Flores cantando y en mis manos “La conjura de los necios”. Había
cumplido mi sueño infantil y este se había convertido en
una pesadilla. No encontraba sentido a mi trabajo, cada día
era una decepción. Visitaba a los mismos pacientes una y otra
vez, no sufrían ninguna patología física, sólo
necesitaban un confesor, pero yo creía que era médico, no
el jodido consultor del programa radiofónico de Francis. Nunca
fui médico, era un tipo con bata blanca que pasaba ocho horas diarias
en un ambulatorio, pero no con espíritu de galeno. Podría
haber estado ocupado en cualquier otro trabajo de mierda. Ahora,
algunos días me arrepiento de no haber continuado, pero otros días,
como cuando hablo con Marc, me alegro infinitamente de haber tomado esa
decisión. Lo mejor de tener estudios universitarios es haber
sido estudiante, me atiborré de alcohol, naipes, dados, alguna moza,
cannabis, fútbol, libros y películas, pero esto ahora no
viene al caso, pero, ¿qué cojones viene al caso?.
Tras dos meses
de playa, busqué el quimérico trabajo ideal, que no existe,
claro, trabajo e ideal son términos contrapuestos. Un par
de meses en un bar de copas, me pagaban poco, pero eché un par de
polvos cojonudos, no todo se cobra con dinero. También estuve
en una librería que desapareció cuando metieron al dueño
en el trullo por tráfico de cocaína. Le pillaron cuando
la policía sospechó de la cantidad de libros de Gabriel García
Márquez que le mandaban al librero desde Colombia. Moldeaban
la coca con la primera hoja de cada libro. Con la gran cantidad de
ejemplares que vivían en la librería todos los habitantes
de Tarragona debía tener sus obras completas por quintuplicado.
“ Ahora sé lo que sentía el coronel Aureliano Buendía
frente al pelotón de fusilamiento. No recuerdo cuando mi padre
me llevó a conocer el hielo, sino que recuerdo cuando mi hermano
me llevó a conocer Medellín”, esto es lo último que
dijo mi jefe cuando se lo llevaron. En un video-club, era un trabajo
donde podía ayudar a la gente. Los que tenían la intención
de alquilar una película que a mi no me gustaba, los convencía
para que la dejaran y ya no cogían ninguna más. Al
jefe no le parecía muy rentable mis críticas cinematográficas
y zanjó nuestra relación, “chaval, sabes mucho de cine, pero
no tienes ni idea de negocios. Vete a dar tus consejos a tu puta
casa”. De los empleos que me cautivaban me desalojaban, de
los que me pretendían me largaba, un inconformista o un gilipollas,
no sé.
El bar va desalojándose
parsimoniosamente, dos de la madrugada, cinco copitas. Marc ya habla
rumano, balbucea el castellano, masculla el catalán y suelta alguna
palabra en sueco, su lengua materna. Homero va al mingitorio cada
cuarto de hora, no sé si a mear o a hablar con su miembro.
Un día lo pille haciéndolo, “vamos campeona, hoy tenemos
otro partido, y sabes que cada día es una final.” Carcajadas
por cualquier ocurrencia. Oteo el terreno por si aparece cualquier
hembra conocida, platicar y ver si se la puedo clavar. Pedimos nuestra
canción de despedida en los últimos cinco meses, dedicada
a Marc, siempre mojada por un chupito de fresa. La octava del CD
“Esta Boca es Mía”, de Joaquín Sabina. “Y en otros
ojos me olvidé de tu mirada, y en otros labios despisté a
la madrugada, y en otro pelo, me curé del desconsuelo, que empapaba
tu almohada. Y en otros puertos he atracado mi velero, y en otros
cuartos he colgado mi sombrero, y una mañana, comprendí que
a veces gana, el que pierde a una mujer.”
Continuamos el
vía crucis hepático nocturno marcando pasos curvilíneos.
Segunda estación, “Kurunkus”, tenemos talegos y sed. Ponnos
tres Ballentine’s con Cola. Tengo al lado una rubia teñida,
le toco el brazo con mi codo, linda sensación, Carlos Segarra y
sus Rebeldes se ha quedado colgado en la carretera, esta noche no cobrarán.
Una morena de ojos marihuana habla con Homero, nosotros escuchamos y miramos.
Que hermosa eres. Se llama Verónica, se alegra mucho de verle,
se va a Escocia a trabajar dentro de tres semanas, hoy está aquí
con su prometido, se casan en un año, le da su número de
teléfono, quiere despedirse de él, que suerte tiene este
cabronazo.
Un par de chicas
bebiendo y riendo, tienen ganas de pasarlo bien. Todo el mundo debería
querer divertirse, disfrutar del momento, carpe diem, seríamos
felices y estrujaríamos más estos años bárbaros.
-Tengo un amigo
que os quiere conocer -les digo a la vez que señalo hacia Marc.
Me siguen.
-Él se
llama Marc.
-Yo me llamo
María, y ella Mónica.
Marc está
callado, esos ojos ebrios que miran sin ver. Se tambalea al ritmo
del vaso, con los pies fusionados al suelo. Yo continuo sin callarme.
Y es que, por mas que yo te quiera y aunque tres vidas viviera, pendenciero
y mujeriego lo seré hasta que me muera, y aunque tres mujeres quiera,
si las tres vidas viviera, a ti que lo mereces te querría la primera.
-Yo me llamo
Ernesto. Mi padre se declaró a mi madre a la salida del teatro.
Fueron a ver la obra de Oscar Wilde, “La importancia de llamarse Ernesto”.
-Que historia
más bonita -dice María, mientras pasea su lengua sobre sus
labios belfos.
-Tengo otras
miles de historias bonitas para contaros.
-Pues empieza
cuando quieras -María me lo dice mirándome a los ojos y sonriendo.
Puede que esta noche moje algo más que el gaznate.
-Mis historias
nunca serán tan bellas como tus ojos -los posee azules y profundos
como los pozos infinitos que descubríamos en cualquier campo durante
la infancia. Vuelve a sonreír, esto marcha.
-Hacía
tiempo que nadie me piropeaba –remoja sus labios en el vaso.
-Supongo que
habrás estado viviendo en un mundo de ciegos y sordos –ella ríe
mientras yo me empalmo.
Marc la está
jodiendo, le está hablando a Mónica de Beatriz. Ella
quiere divertirse, no aguantar tu taladrada, se hastiará y se fugará
con la amiga. Ocurre. Mónica coge a María por
el brazo, se separan dos metros, vuelven, por favor no lo digas, por favor.
-Nos tenemos
que ir, hemos quedado con unas amigas en “La Cage” -lo han soltado, mierda.
-Encantado de
conoceros, a lo mejor nos pasamos -mientras hablo María me mira,
le doy el beso de hasta luego a milímetros del labio superior, ella
a mí también. Gracias por aparecer esperanza.
Me gustaría conocer los secretos de tu alma, para poder llegar a
ella con las palabras, entrar y dejar una minúscula huella.
Homero reaparece,
apoyado en su hombro está Pepa. Siempre que acudimos a este
bareto se la tiene que follar en el picadero que tiene esta sobre el bar.
No volverán a hablar hasta el sábado que viene, suerte de
los guapitos de cara.
-Venga la última
y nos vamos a “La Cage”, pago yo -me largaría ya, pero aparecer
demasiado pronto podría estropearme el plan. Mejor hacerla
esperar unos minutos.
-Una semana antes
de dejarme, Beatriz me regaló un libro, “Cien Años de Soledad”.
¿Sabéis que ponía en la dedicatoria?. No contestamos
ni nos importa una mierda. “Para el chico que más amé,
amo y amaré. Todos mis besos son para ti.”
-Por lo que veo
mintió -Homero suelta la parida y nos destornillamos.
-Joder, un título
profético. Es lo que te espera sí continuas en este
plan auto flagelador, cien años de soledad -continua el descojono.
-Pero, ¿cómo
puede ser así?. Nos queríamos tanto, no lo entiendo.
-No quería
contártelo, pero creo que te ayudará. -Homero lo mira
a los ojos y lo suelta-. En la fiesta de fin de año tú
estabas de guardia. Beatriz se vino con nosotros, toda la noche estuvo
muy mimosa conmigo, cuando la dejé en su casa me besó en
los labios y me invitó a subir. Esa es tu Beatriz, otra zorrita
para divertirse unas noches, pero jamás para entregarle ni un protón
de corazón.
La tez de Marc
está blanca cocaína, sale del bar, vamos tras él.
Se apoya en un árbol y arroja hasta la primera acelga. Le
agarro por la frente durante su segundo y tercer espasmo. Se
acomoda en el suelo, sus ojos se humedecen, aparece la primera lágrima,
siguen muchas más. Palmadas en la espalda, palabras de consuelo
que jamás reconfortan.
-Voy a pillar
mi segunda borrachera de hoy. Tres copas nos están esperando.
El planeta está lleno de chicas que no son unas putas, espero -Marc
lo dice mientras se alza.
Tres tipos subiendo
la Avenida de Carles Buïgas. Una hilera india nace en la puerta
de la discoteca “La Cage de Medrano”. Pasamos paralelos a la ringlera,
Homero guiña el ojo a un individuo de dos metros, este le mira,
alza la mano y entramos. Litros de alcohol corren por mis venas
mujer, no tengo problemas de amor, lo que me pasa es que estoy loco por
privar.
Luces azules, barra diestra y pista
danzante siniestra. El sudor se fusiona con los perfumes, los cuerpos
con los vasos y los deseos con el fracaso. Marc posa sus nalgas en
un sofá, le llevamos un bourbon, en vaso corto y sin hielo, como
debe ser. Homero me masculla que le acompañe, le sigo tras
la barra. Durante unos diez años ha trabajado aquí
de todo lo imaginable. Atrapa a una chica por el antebrazo, indumentaria
corta, negra, labios orondos, melena fucsia, pechos prominentes y culo
prieto.
-Hola Homero,
cuanto tiempo sin verte.
-Hola Rebeca
-le da dos besos y me la presenta. Necesito que me hagas un favor.
-Yo también
necesito que tú me lo hagas -lo mira y le acaricia los pómulos.
-De acuerdo,
dentro de un par de fines de semana vendré contigo a Santiago de
Compostela.
-Pídeme
lo que quieras.
-Ahí fuera
tengo a un colega que necesita una chica esta noche.
-Oye tío,
que yo no soy de esas.
-Lo sé,
no pido que te lo tires. Sólo hazle pasar un buen rato, que
crea que ha ligado, que se sienta especial, pero ni una palabra de que
me conoces.
-Porque eres
tú. Señálame quien es, dentro de media hora
tengo quince minutos libres.
Hoy todos van a mojar, joder, tengo
que encontrar al querubín de antes. La busco durante unos
minutos. No la veo, puede que haya mentido. Estará en
otro lugar del planeta, habrá encontrado a algún macarra
o dormirá ya en su casa. No sé, me voy al meadero a
pensar y a orinar. Unas jóvenes guardan la desordenada cola,
paso junto a ellas. “Hola Ernesto”. Viro la testa, es ella,
raya y bingo.
-Te espero aquí
fuera, luego te invito a una copa, ¿te apetece? -le digo mientras
le toco el hombro.
-Vale, dame cinco
minutos.
Salimos a la terraza, ella toma
cerveza y yo bourbon, no resisto más gas. Hablamos por charlar.
Me cuenta que su novio es un cerdo que ahora está de despedida de
soltero en Mallorca. No la llama cuando lo necesita, sólo
acude cuando le apetece echar un polvo, está con él porque
pretender quererle tanto como le odia. Bono entona “With or without
you”. ¿Quieres bailar?. Sí. La capturo
por la cintura y ella cuelga sus brazos en mi cuello. A través
de la tormenta alcanzamos la orilla, tú das todo pero yo quiero
más, y te estoy esperando, contigo o sin ti, yo no puedo vivir sin
ti, contigo o sin ti, y te entregas, y te entregas, y das, y das, y te
entregas.
El alcohol me
acelera la mente, a por ellos que son pocos y cobardes. Le rozo el
cuello con mi mentón, le doy un par de besos, no se retira, bien,
le miro el rostro, mezclo mis labios con los suyos, voy abriendo lentamente
la boca, ella me sigue, las lenguas se catan, al inicio de forma suave,
luego más bruscamente, saboreo el paladar, tabaco y alcohol, los
dientes, la aprieto contra mí, noto sus senos sobre mi pecho, aparentan
ser mayores de lo que creía, no sé cuanto tiempo estamos
así, mientras escribo esto me parece escaso. ¿No podría
estar ahora así?. El primer beso, te abre tantos sueños
que después son mortificados por la realidad.
Nos atrapamos
por los dedos. Voy a despedirme de mis amigos ahora que la noche
de fiesta está cambiando de rumbo. Marc me abraza con cara
de satisfacción, me cuenta que ha ligado con una camarera y que
se la ha chupado en el almacén. Homero junta los párpados
del ojo derecho mientras me mira. Son las cinco de la mañana,
quedamos a las siete en la Fuente Luminosa. Si no he llegado se largan.
Trato hecho.
Vamos hacia el
parking, entre caricias y besos llegamos a su coche. Avenida Carles
Buïgas, Paseo Jaume I, Calle Barcelona. Estaciona el coche,
subimos tres pisos en ascensor, no hagas mucho ruido, creo que Mónica
está durmiendo, un pasillo oscuro, la trinco por la camisa para
no darme de bruces, se abre una luz, una cama de ochenta, nos sentamos.
Ojos azules, un lunar en su pómulo izquierdo, cabellera caoba rizada,
orejitas de soplillo, nariz egipcia. Besos salvajes, le desabrocho
el primer botón, le siguen el resto, sujetador blanco, intento sustraérselo,
no lo consigo, ella lo hace, ubres duras, pezones avellana, me despoja
del polo, percibo su sedosa piel sobre mi tórax, mis dedos se deslizan
hacia su ombligo, bajan hacia el sur, aflojo el cinturón, desabotono,
mis falanges hurgan su vello, levanta un poco el culo, los pantalones le
resbalan por las piernas, le birlo los zapatos, las prendas descansan sobre
el suelo. Abro sus labios inferiores con los dedos, la punta de mi
lengua juega con su sexo, ella susurra, continuo, ahora grita, contrae
el cuadriceps, me aplasta la cabeza. Ven, quiero besarte. Reposo
sobre ella, manosea mis pantalones hasta que descansan junto a los suyos,
abre un joyero, ella me ubica el preservativo, me adentro pausadamente,
me zarandeo sosegadamente, me araña la espalda, alaridos, expulso
mis neuronas, me desplomo hacia un lado, anudo el condón y a la
papelera.
-Te doy mi teléfono,
si quieres nos volvemos a ver -debo quedar como un caballero. Lo
escribo sobre una invitación de un bar irlandés.
-Esta tarde me
voy a Salamanca, si té pasas por allí llámame -abre
su cartera y me entrega una tarjeta. María Juárez Villa,
Abogada, Calle del Pozo Amarillo doce, primero segunda, Salamanca, teléfono
fijo, móvil y correo electrónico.
-Mis colegas
me esperan. Ya nos veremos -la beso.
Me acompaña hasta la puerta.
Querubín con camisa y sin bragas, dama de inolvidable figura.
Continuo admirándola mientras espero el ascensor. Emprendo
la travesía hasta los camaradas. Calle Barcelona, Vía
Roma, camino de guijarros, me asomo a los raíles férreos,
mi mirada enólica hacia la derecha, no aparece el tren, volteo la
chola a la izquierda. Sobre las paralelas barras de acero distingo
un bulto, me aproximo, no es agradable ser responsable de un descarrilamiento.
Un cuerpo atado, magullado, calado de sangre, una capucha le cubre
el rostro, desanudo los lazos marineros, lo afierro por ambos antebrazos,
lo desalojo de su cama de sueño eterno, lo despojo del capuz, fisonomía
árabe, despego el esparadrapo de su pico. Me observa fijamente
con sus pequeños ojos, mirada de terror mutando a sosiego.
-Thank you -mis
conocimientos de la lengua de Shakespeare y Hemingway no son pésimos,
durante un lustro acudí a la escuela de idiomas.
-No te preocupes,
si quieres te acompaño al ambulatorio.
-No gracias,
tengo muchas cosas que hacer, no puedo perder más tiempo.
-¿En qué
jodida movida te has metido?.
-Tipos que me
debían dinero me lo han pagado así.
-Podrías
denunciarlo a la policía, no sirve de nada, pero aumenta las estadísticas.
-No importa,
ya me arreglaré.
-Bueno, hasta
otra, me están esperando y sólo tengo, miro el reloj, joder,
diez putos minutos.
-Gracias por
todo, Alá jamás olvidará lo que has hecho por Él.
Mi nombre es Mohamed Atta, hermano.
-El mío
es Ernesto.
Se aleja hacia el camino por dónde
yo he aparecido, se vuelve, y me levanta el dedo pulgar de su mano derecha,
adiós amigo. Acelero mi marcha, corro, odio llegar tarde,
fijo que me esperan. Desprecio la impuntualidad, quien te hace aguardar
considera que tu tiempo es mierda y el suyo oro. Calle París,
Paseo Jaume I. Distingo el Opel, me abre la puerta Homero.
Estoy sentado en el asiento de atrás a las siete y un minuto. Cuento
al por mayor mi andanza, no sé si me creen, reclino mi cuerpo sobre
el sofá trasero y Morfeo se apodera de mi alma.
Domingo.
Me despierto a las once, una treinta, dos y cuarto, tres, a las cuatro
me arranco las sábanas y mi cuerpo levita del colchón al
sofá ante la caja estúpida. La televisión, ese ente
público o privado, enemigo de la razón, amigo del patrimonio
ajeno, fuente de fama infundada. Martirizador de los libros bien
o mal escritos, de los bares siempre de diversión, de los restaurantes
de sobremesa, de los amantes amándose hoy y no mañana, de
los músicos sin disco, de los poetas sin musa, de los pintores ante
el lienzo blanco, de los sacerdotes sin penitentes, de la lluvia sobre
el mar y de muchos más que olvido.
A las cinco engullo
una lata de sardinas y otra de mejillones. Suena el teléfono,
el lóbulo frontal me va a reventar, es Ilda, respondo.
-Hola guapa.
-Estás
enfermo, tienes la voz fatal.
-Es que me acabo
de levantar.
-Joder tío,
a ver cuando sientas la cabeza.
-Cuando dejes
que la siente entre tus piernas.
-Venga que hablo
en serio.
-Me vas a dar
un sermón por teléfono.
-No, ya te lo
doy después, ¿Quedamos a las siete en el “Sis”?.
Esto significa
que tiene ganas de platicar, fijo que sobre Iván el Terrible, se
adoran y abominan mil veces cada jornada. Iván El Terrible
o Iván IV Vasilievich. Nació en Kolomenskoie en mil
quinientos treinta y murió en Moscú a los cincuenta y cuatro
años. El primero que se hizo llamar “Zar de todas las Rusias”.
Inició su cuadro psicopático a la muerte de su esposa, Anastasia
Románov. Su religiosidad se fundía y confundía
con sus delirios. Pasó a cuchillo ciudades enteras como Novgorad
y Pskov. En el año ochenta y uno superó todas sus marcas
ordenando asesinar a su primogénito. Un angelito comparado
con el Iván de Tárraco.
Volveré
a ingerir copiosas cantidades de alcohol, mañana de nuevo mareos
y nauseas, pero me embelesa estar con ella, me siento encumbrado, me ayudará
a no razonar sobre mis contrariedades. Me aterra el momento del remordimiento
cubano, pero ayer preservé una vida. Quien salva un alma
salva el mundo.
-De acuerdo,
a las siete. Un beso.
-Un besazo, nos
vemos.
Un bar sin ventanas,
luz azul, barra al fondo, billar, dardos, un pinball, dibujos animados
en las televisiones, unos diez clientes, como cada domingo.
-Leoncio, ponme
una mediana.
Ingiero la mejor
utilización de la cebada. Sorbos efímeros de la botella.
Un tipo que suena argentino canta para nosotros. “Hace falta que
te diga que me muero por tener algo contigo. Es que no te has dado
cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo. Ya no puedo acercarme
a tu boca, sin deseártela de una manera loca. Necesito controlar
tu vida, saber quien te besa y quien te abriga.”
-Hola -me levanto
para recibirla con los brazos abiertos. Un par de besos. Que
perfume más ferormonal desprende ese cuerpo de mujer.
-Me pones un
“Cutty” con Cola -hoy tiene ganas de guerra, hepatocitos a resistir.
Vencer o morir.
-El tío
este es un cerdo -claro, está hablando de Iván-. Hace
cinco días que no me llama, le he dejado unos diez mensajes en el
contestador, ni caso. Me prometió que este fin de semana nos
veríamos, pero nunca aparece, sólo cuando se le antoja lo
que a todos os apetece.
Ya me ha tocado el primer piropo,
pero que coño tengo yo que ver con ese, aparte de que los dos tenemos
testículos, bueno, al menos yo los poseo.
-Un día
dice que me quiere, el siguiente que me odia y al tercero que somos muy
buenos amigos.
Te extraño
cuando llega la noche, pero te odio de día, después me subo
a tu coche y dejo pasar la vida.
- No sé
por donde empezar a zanjar todo esto, ¿tú que harías?.
No abarco todo
el significado de esta pregunta, yo no soy ella, no habito en sus pasiones.
Contesto sin decir nada, abro la cajetilla, saco un cigarrillo, acaricio
su boquilla rubia con mis labios y lo incendio.
-Debería
dejar de acostarme con él, pero me mira y soy suya. Lo que
más me jode es que él lo sabe, y yo no puedo hacer nada para
evitarlo -ella enciende otro pitillo.
-Todo esto terminará
cuando él se canse de ti o os dejéis de ver. Tú
jamás te hastiarás de él, y, ¿sabes por qué?-
voy a decir algo que le dolerá. Le doy la oportunidad de no
preguntar y ahorrárselo.
-¿Por
qué?- anhelas la respuesta y la tendrás, amiga.
-Porque no has
aceptado la derrota. Tus soldados yacen muertos en el campo de batalla,
pero no lo asumes. Crees que podrán volver a levantarse a
luchar de nuevo, pero sabes tan bien como yo que es imposible que consiga
la victoria un ejército de cadáveres. Has fracasado.
Ha sido injusto, ilícito e inmerecido. Busca la excusa que
quieras, pero los hechos no los modificarás jamás.
“Cualquier idiota tiene una razón
para sentirse lástima, y convertir su corazón en una piedra”,
canta Bruce Springsteen.
-Pero yo
le quiero.
-Él a
ti ya no. Cuando él encuentre su reflejo en el espejo de la
vida te olvidará. Y lo hará con tanta facilidad como
tú, cuando extraviaste los recuerdos del primer amor de estío.
Lo que el amor calibra, la pasión lo dispara.
He pasado
de la birra al vaso peligroso, mi intelecto es transportado lentamente
hacía el baño enólico neuronal, distancio las comisuras
de los labios, se entrevén mis dientes amarillentos, todo es ocurrente,
aceptaría cualquier empresa que me propusieran, la idea más
descabellada intuyo que es realizable, podría volar en el océano
y nadar en el espacio, encontrar la ciudad Borgiana de los Inmortales,
tornarme un mosquito y beber sangre azul, brincar de la luna al sol, noquear
a Goliat, traicionar a Judas, congelar el Sahara, pescar en el Mar Muerto,
encontrar el ombligo de Adán y Eva, crear el vacío, absolver
a Sócrates, danzar a la luz de la bomba atómica o cerrar
la caja abierta de Pandora.
Ilda no es una
belleza, no rotarías tu testa para mirarla, pero cuando la tienes
a un palmo de distancia descubres una mirada fascinante, unos ojos almendra,
que lo dicen todo sin mirar nada, una nariz envidiada por cualquier cirujano
plástico, la melena carbón sobre el lateral de los frontales,
cara de ángel, imán. Déjame mirarte durante
siglos, detente tiempo, la Virgen y toda su hermosura ha bajado de nuevo
a la tierra, no la profanaré, dejadme gozar de esta visión.
Nos acostamos
una noche, hace cinco años, bebimos demasiado y la soledad, maldita
consejera, nos acopló. Por la mañana culpamos a los
bares y nos despedimos con un par de castos besos. Jamás volvimos
a mencionar la noche de los corazones rotos, pero este recuerdo no lo borrara
ningún tipo de demencia.
Me gusta conversar
con Ilda, estudió historia y le apasiona. Ahora trabaja en
una compañía de seguros para gastarse la vida. Los
relatos le salen del alma cuando me cuenta historias de la historia.
Me cautiva escucharla. Conocí que Julio César lloró
a la muerte de Marco Antonio, que Stalin pasó tres días muerto
en la cama antes de que nadie se aventurara a entrar en su aposento, Tarragona
fue capital del Universo Romano, las mujeres tienen alma por un voto, Napoleón
Bonaparte murió envenenado, Dresde y Munich fueron borradas del
mapa cuando los aliados ya habían ganado la guerra, Alejandro Magno
era homosexual, Hitler fue durante unos días miembro de un
partido de izquierdas. La historia está corrupta desde su
inicio ya que siempre es relatada por los vencedores.
Parla de Iván,
mis tímpanos no resisten tanta vacua vulgaridad. “El
eterno retorno te devolverá los días de vino y rosas”, le
digo mientras ella me expone su perpetuo monólogo de mil promesas
incumplidas.
-De que hablas-
he captado su atención.
-El eterno retorno
que postulaba Nietsche. La vuelta infinita a la misma situación,
una vez tras otra, ilimitadamente. El tiempo es infinito, la materia
también lo es, por tanto la combinación entre ambas entra
en el mismo espectro perpetuo. Las combinaciones no tienen límite,
por lo que pueden repetirse eternamente- no dice nada, me observa y aguarda.
-La teoría
de la relatividad de Einstein conjetura la posibilidad de viajar en el
tiempo, aunque no lo cree viable. Stephen Hawking nos habla de los
agujeros negros como la vía de comunicación del tiempo.
Entrar en el presente, salir en el pasado o en el futuro. Los seres
vivos se desintegrarían al entrar en uno de estos agujeros, pero
las partículas entran y salen constantemente.
-¿Y?
-Bien, si un
átomo de nitrógeno entra ahora en un agujero negro y aparece
hace cinco años en Tarragona, ese átomo nos encontrará
a nosotros, pero tú y yo estamos aquí. ¿Esa
molécula estará con nosotros o ya no somos nosotros?.
Me examina con ojos cristalinos tras el último trago de vodka.
-Yo creo que
debemos ser nosotros, si no fuera así deberían existir infinitas
almas, para cubrir los infinitos instantes, por tanto mientras viajen partículas
por el espacio nuestra vida se repetirá eternamente. Tus instantes
de felicidad con Iván se repetirán de forma persistente.
Alégrate, tu pasado también es tu futuro- concluyo mi discurso
y la copa.
-Entonces, según
tú y el señor Nietsche, el pasado se puede modificar.
Si en lugar de partículas aparece una piedra y le da en la cabeza
a Hitler, entonces el nazismo probablemente no hubiera acaecido, y habría
mucha más gente en el mundo.
-No creo.
Nuestra vida se ha repetido tantos millones de veces, que probablemente
siempre sean las mismas partículas las que entran en los agujeros,
sin posibilidad de cambio. Como una película, por mucho que
veas Casablanca al final ella se va. Aunque David Hume diría
que eso no lo sabemos, a lo mejor si ves la película trescientas
veces, a la trescientos uno Ingrid Bergman se queda.
-Pero, ¿por
qué no recordamos?.
-Porque existimos-
lo alego con la seguridad que me brinda el chupito de fresa.
-Existimos y
recordamos- me sonríe, que preciosa eres. Me gustaría
acostarme contigo, hasta que mi última gota de sudor se convierta
en oro.
-No, porque existimos
en
nuestro presente, que no podría ser, si conociéramos lo que
ocurrirá, lo cambiaríamos y el universo entraría en
el caos. El hombre que sabe que morirá en un accidente de
coche esa mañana, no saldría a la calle, alteraría
su vida y la de sus allegados, a lo mejor su mujer volvía a casarse
al enviudar, paría un nuevo niño, que sin el accidente no
sería nato.
-El caos podría
ser el juicio final, el fin del universo- afirma Ilda.
-Podría
llegar el ocaso del Universo si algo fallara en el sistema, como en la
película “Matrix”, alguien descifra las claves del cosmos y lo manda
a freír espárragos, pero al ser una repetición eterna
lo veo harto improbable –algo de filosofía barata siempre ayuda
a digerir mejor las copas.
Son las once, una melopea se ha
apoderado de todas mis células. Todas poseen sus radicales
OH. Su faz me revela que ella también se ha montado en la
misma estación que yo. Ante esta coyuntura sólo existen
dos itinerarios posibles, cama o nuevo bar. Los dos somos seres de
la luna, el sol nos ciega, salimos por la puerta y entramos en la calle.
-Vamos a “La
Vaquería” a tomar la última. Adoro la última,
siempre viene acompañada de la pen y la antipen.
Irrumpimos en
el palacio. Luces naranjas sobre un gran espacio casi vacío.
Seis individuos andan por aquí deambulando. Una pareja fundiéndose,
él delgadito, ella morena con la piel de chocolate. Otros
dos en trámites de mezclarse. Un cuarentón rajando
con la camarera. “Nos pones, un bourbon en vaso corto, y un Cutty
con Cola”. Idolatro esta fase del pedo, puedo beber lo que quiera,
nada me sentará mal, no siento dolor ni lo sentiré en unas
horas, soy consciente que mañana las trompetas celestiales redoblaran
en mi cabeza, pero ahora nada me puede apaciguar, me he adentrado en mi
sendero autodestructivo.
Tras el primer
trago el silencio se acompaña de una guitarra solitaria. Miro
las botellas de colores, el abrevadero de cebada, la pantalla gigante ciega
y muda, el reproductor sin pincha, las sillas vacías, el billar
sin bolas, el futbolín con los reservas, unos retratos oscuros de
mujeres, una colilla muriendo y una mirada.
Pero hay cosas
que te tumban y ni siquiera las ves venir, y hacen que te arrastres como
un crío de vuelta a casa, ese día descubrirás que
cuando estás solo, estás solo.
-Mañana
me voy a Irlanda- lo he dicho, necesito contarlo, una bendición
para el viajero, no lo sé.
-De que hablas,
mañana te toca sudar para ganar unos sestercios, como cada jodido
lunes- da un trago y me observa.
-Vi en una foto
a la mujer de mi sueño, debo encontrarla, hace un año cogió
un avión para Dublín.
-De que demonios
hablas, el alcohol te está fundiendo el alma.
Le revelo mi
secreto. Desde la muerte de mis progenitores, la efigie de un sueño
transita por mi mente. Una mujer pelirroja, con un vestido rojo,
comiendo fresas bajo una tormenta. Hay un refugio bajo un melocotonero,
desde donde la llaman para que se cobije del agua celestial. Me mira
y me pregunta si quiero quedarme con ella, noto que estoy calado, tengo
frío, hambre, sed, pavor, lloro, pero continuo con ella. Cae
un rayo y carboniza el árbol y todos los que se refugiaban bajo
este. El sol aparece y ella me ofrece sus fresas. Las mastico
y se deshacen en mi boca. Son las mejores fresas que he probado nunca.
-Y te vas a Irlanda
a buscarla, probablemente ya no esté allí, o no es la mujer
de tus sueños, estás loco. ¿Cómo la vas
a encontrar?.
-El destino me
ha llevado a ver su fotografía, también puede arrastrarme
hasta encontrarla. Lo que conozco sin lugar a dudas es que ni en
mil años entrará por esta puerta. Voy o pierdo.
-¿Y el
trabajo?.
-Mañana
llamaré, le digo que no voy más. Que estoy en Roma,
tengo una lidia con unos gladiadores y no creo que vuelva para contarlo.
-Cada día
estás más lejos de la tierra y más cerca de la luna,
que la suerte te lleve por los caminos de la felicidad. Sabía
que un día partirías, como ahora percibo que otra noche retornarás-
Ilda con unas copas de más siempre trata de parlotear como una poetisa.
-Dame tu bendición-
le suplico.
Se humedece los
labios con la lengua, primero el superior, me coge los dedos con su fría
mano y me besa en la boca, reposadamente. De nuevo Bono aparece cantando,
“dame
otra oportunidad, y serás satisfecha, dame dos oportunidades, y
no te rechazaré. Mi corazón sigue donde siempre ha
estado, mi cabeza está a medio camino, dame otra oportunidad, déjame
ser tu amante esta noche”.
-Recuerda que
entre los sueños y la realidad media un abismo- me dice
Ilda mientras recoge el tabaco que hay sobre la barra.
Estar cerca del
sol no calienta tanto como tu amor, amapola lindísima. Muestra
tu belleza al mundo y resérvame tu olor, para poder embriagarme
de tanto calor.
Me acaricia
la cara con su palma, me guiña el ojo, cambia mi faz por el vaso.
Ahora ambos sabemos que esta noche el viaje es de hermandad, no de hedonismo.
Son las
tres de la madrugada. Las calles despobladas, cielo estrellado, luna
llena. Zigzagueamos hacía su casa. Soy un hidalgo andante,
no dejaré que una doncella combata sola los peligros de la oscuridad.
Me invita a subir, no desea dormir, amargura por un hombre que no la quiere,
lágrima de soledad. Una botella medio desierta, recuerdo de
un viaje a Portugal, la agotamos mientras predicamos.
-Me gustaría
tener el valor que tu posees, largarme y dejar el puto trabajo en la compañía
de seguros, pero me falta ese punto de locura que a ti te sobra.
Estoy harta de mi jefe, de cómo me mira, de cómo me habla,
de cómo no me deja respirar. Es la persona más horrible
que he conocido jamás. Ese aliento pestilente mezclado con
esa sonrisa bobalicona de intento de playboy. Me invita a cenar el
muy gilipollas y le sonrío mientras digo no, no y mil veces no,
viejo verde de los cojones.
- El poder
que el hombre tiene sobre el hombre sólo existe porque uno lo ostenta
y el otro lo acata. Si a nuestro jefe nadie le hiciera ni el más
mínimo caso, nuestro jefe dejaría de existir, ya que la única
función que tiene, que es dar órdenes, no la podría
ejercer, por tanto, su cargo desaparecería. Obviando a los
jefes podemos hacer que estos desaparezcan y ser todos iguales. Sin
nadie sobre nadie. Tememos al caos, pero la anarquía de la
naturaleza creó este planeta azul, esas piernas infinitas, esos
ojos marihuana, esa montaña imposible, todo proviene del caos.
¿Por qué tememos al caos?. Por el pánico de
los humanos a lo desconocido. Sin el valor de los humanos que se
enfrentaron a los descubrimientos, a las exploraciones, todavía
habitaríamos en cuevas, cazaríamos con palos y sólo
follaríamos para mantener la especie. En lo desconocido está
el futuro, el caos, la felicidad. El poder humano existe porque nosotros
queremos que exista, únicamente por eso.
-Joder,
sólo te estaba hablando del cabrón de mi jefe.
-Pues yo
sólo te estoy hablando desde el pedo infinito que llevo.
-A ese
cerdo cualquier día lo acuso de acoso.
-El hombre
será libre el día que comprenda que es él quien crea
el poder y destruya los complejos que lo maniatan. La autoridad se
sustenta sobre la debilidad de la voluntad.
Necesito un líder, yo no puedo serlo, dejaré que otro haga
el trabajo por mí. La fuerza es amparada por la obediencia.
Dejad de someteros y el poderoso será un pordiosero. El rico
no podrá comprar ya que nadie querrá vender. El dinero
vale tanto como el papel que le da vida.
-Letras y más
palabras. ¿Dónde nos llevan?. A la derrota, el
único destino- tras hablar Ilda se levanta a buscar otra botella.
-Esto es licor
de cerezas casero. Un litro de orujo blanco, azúcar y unas
cerezas. Se mezcla todo y se deja reposar durante seis meses- me
explica Ilda mientras vacía la botella en los vasos sedientos.
Aquí y
ahora aparecen estos chupitos que nos acompañarán a la cama,
como los dibujos de nuestra infancia. Vamos a la cama, que hay
que descansar, para que mañana podamos madrugar, canta la familia
Telerín.
No creo en el
amor. Pero has creído. Sí. Eso es que ha
estado, por tanto, existe, o existió. Duele tanto. Porque
te importa, si no trastornara no sería amor, otro nombre tendría.
Un año de amor son cien años de recuerdos. Que efímero
es el amor y que dilatado el olvido. Siempre que nos embriagamos
filosofamos, será porque nos recobramos. No mentimos.
El horror al ridículo desaparece, puedo mostrarme como soy, con
mis dudas y mis angustias, decir que no sé porque existo, escudriñar
el fondo del corazón y arrojarlo a la realidad.
Reposo
mi cabeza sobre un cojín rojo, mis piernas se acoplan a lo largo
del sofá, Ilda reposa su cabellera sobre mi pecho, su cuerpo sobre
el mío, mientras con mis dedos juego con su pelo, ella se queda
dormida, el sueño se apodera de mí, mientras contemplo las
estrellas fluorescentes del cielo hogareño. No puedo soñar
lo que ya existe, no puedo besar lo que tan solo es un sueño.
Me despierto.
Un pedazo de papel sobre el escritorio. “He ido a trabajar.
Tengo una resaca que me muero. Llámame antes de irte.
Un beso. Ilda.”
Me visto,
enciendo un cigarrillo, bajo a la calle, Rovira i Virgili, Rambla Nova,
Unió y Rebolledo. Poca paciencia para el ascensor, escaleras,
abro la puerta. Diez llamadas perdidas en el móvil, todas
de mi antiguo jefe. Apago el celular, desconecto el fijo, fuera ropa,
me cobijo bajo la cama, cuando el organismo quiera funcionar despertaré.
Me arrastro
hacia el sofá, me pesan las reflexiones. Golpeo el mando a
distancia, un tipejo pide clemencia a su compañera, después
de haberle propinado una sañuda somanta, ella lo repudia, él
apalabra represalia, bienvenido al mundo real, donde los poetas, escritores,
filósofos, músicos y pintores han sido aplastados por el
caballo de Atila, la ignorancia cultivada desde el poder. Tengo apetito,
hiervo unos macarrones, los condimento con atún y queso rayado,
tema vianda solventado. Enciendo de nuevo el teléfono, en
el móvil tengo siete mensajes de mi jefe, los cuatro primeros con
un tono que calificaría de grosero, los tres siguientes ya pregunta
si me ha pasado algo, que si mañana no llamo irá a mirar
por los hospitales, no se lo cree ni él.
Tengo otros dos
de mi hermano, un tipo genial, abogado de los caros, número dos
en Yale, un corazón inmenso, brega veinte horas al día.
Le digo que no puede ser feliz, dice que estoy en lo cierto, pero que ya
no puede parar. Mora en Madrid junto a una pija, con un cuerpo inversamente
proporcional a su cerebro, a él no le importa, recurre a ella para
follar, para hablar se ve con una bibliotecaria. Yo cambiaría
cultura por cuerpo, él dice que con ambas reúne las dos virtudes.
Abogados, las leyes se concibieron para manipularlas, no para acatarlas.
Como siempre está preocupado por mí. Ahora le llamaré,
le contaré que me voy a Irlanda para iniciar un master en marketing,
que no sé exactamente lo que significa. De paso ejercitaré
mi inglés, sabe que le embauco, pero me idolatra y enmudecerá.
Hoy tendría
que partir, pero la resaca me ha derrotado un día más, las
capitulaciones son demasiado frecuentes, voy envejeciendo, quiero fenecer
batallando, hasta la última copa. Tras estar una hora mirando
hacia todos sitios sin ver nada, decido poner una película, algo
de acción, a ver si me despejo. “Grupo Salvaje”, demasiado
buena para no disfrutarla por la resaca. “El último Boy Scout”.
Si me vuelves a tocar te mato, va y lo desnuca, único.
¿Vienes
solo?. No, vengo con los putos niños Cantores de Viena.
“Matrix”, una séptima vez me parece abusar. “Terminator”,
polvo ínter temporal y extraespacial, me quedo con este clásico.
La sombra de
la noche se ha derrumbado sobre esta humilde morada. Mi sudor ha
empapado el sofá, calor, maldito ventilador, das más ruido
que frescura, necesito viento que irrumpa por todas las ventanas.
Abro el congelador, hielo, un vaso, agua, la desecación oral desaparece
durante un instante. La siento deslizarse por mi esófago,
reposa en el estómago, la bebida del sediento, placer de Dioses.
La oscuridad me desvela, una nueva película, hay jornadas que he
conseguido ver hasta cinco. “Doce monos”, sugestiva especulación
del Apocalipsis. “Clerks”, la cara de la chica cuando descubre que
se ha tirado a un muerto en el baño o la reacción del chico
al saber que su novia sólo se ha acostado con tres tíos,
pero le ha practicado felaciones a treinta y largos. “Muerte entre
las flores”, excepcional plan, debería aplicarlo más en mis
andanzas por este mundo execrablemente competitivo. “American beauty”,
¿por qué somos todos tan norteamericanos?. “El sexto
sentido”, no deberíamos pasar por la vida como muertos vivientes.
“Cazador blanco, corazón negro”. No hay nada peor que intentar
recordar porque persigues a una mujer cuando ya la has conseguido.
Si esta chica hace el amor con la mitad de entusiasmo con que habla, puede
que mañana yo esté muerto. “El padrino”, insignes
la primera, segunda y tercera. Me decido redondear la última
noche en casa, doble sesión, como los séptimos días
de mi infancia. “Días de vino y rosas”, como destruir tres
vidas por el aguardiente. “Leaving Las Vegas”. No
sé si mi mujer me dejó porque empecé a beber, o empecé
a beber porque mi mujer me dejó.
©Angel
Lluís Carrilo Pujol
FI DEL PRIMER CAPÍTOL
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