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Entrevista apareguda a La Vanguardia,
l'estiu 2001. Transcripció íntegra en castellà.
Montserrat es la ermitaña de Sant Joan de Codolar, en la falda del macizo del Montsant, no lejos de Cornudella. OBRERA.
En los años sesenta, antes de estar aquí, era lo que entonces
se conocía como una monja obrera
Soledad entre pedruscos. Vicenç Llurba.Cuarto día de viaje en busca de viajes imposibles. Me desplazo a las tierras altas y oscuras del Priorat. Me han dicho que a cinco kilómetros de Cornudella, en la falda del macizo del Montsant, encontraré la ermita de Sant Joan del Codolar. En Cataluña hay miles de ermitas, pero lo que espero hallar en ésta le confiere un carácter excepcional. Desde hace muchos años ahí vive una ermitaña en absoluta soledad.Hacerse ermitaño es una salida extraña y poco habitual en nuestros días. Es una vocación que asocio a tiempos pasados. Muy pasados. Me viene a la memoria un viejo libro donde aparecía la imagen de un tipo flaco, harapiento y con una barba hasta las rodillas que representaba a no recuerdo qué santo eremita. Mientras avanzo por un camino estrecho que serpentea entre viñas, olivos y almendros me pregunto si el aspecto de la ermitaña guardará alguna similitud con aquel viejo grabado. Supongo que no. Sant Joan del Codolar parece un paisaje pintado al óleo. La ermita se alza, quieta, entre unos cipreses pulcros y estilizados. A su alrededor, piedras. Piedras por todas partes y de todas las formas y tamaños. Por su aspecto, podrían haberse desprendido de la montaña hace un instante, pero imagino que están ahí desde hace siglos. El silencio es total. No quiero romperlo alzando la voz, me parecería un mal comienzo. Intento descubrir dónde se encuentra el espacio habitado de la ermita. Después de abrir un par de puertas, entro en una pequeña estancia contigua a la capilla. Allí, sentada frente a la única ventana, una mujer delgada vestida de manera modesta. Nada que ver con la imagen del ermitaño del viejo libro. No me esperaba, pero no se muestra en absoluto sorprendida por mi presencia. "Esta casa tiene cuatro paredes, pero en realidad sólo tiene tres -puntualiza la ermitaña con una sonrisa-. Una ha de estar siempre abierta a los demás. Aquí no es que venga mucha gente, pero si algún día cierro la puerta a alguien, estoy segura de que también se la cierro a Dios. A veces me dicen que, estando aquí sola, no debería dejar entrar a nadie. Me parece absurdo, no pienso que nadie quiera hacerme daño y en ningún momento he tenido miedo." Se llama Montserrat y desde hace veinticuatro años estas cuatro paredes y este paisaje son su único mundo. Vive sin electricidad, sin teléfono, sin agua corriente y, naturalmente, sin vacaciones. Su única conexión con el mundo exterior es un pequeño transistor. Me cuenta que lo tiene desde 1993 y que escucha las noticias y algunos programas de Catalunya Cultura. Antes de eso, durante sus primeros años de estancia, el aislamiento respecto al mundo exterior era total. "El empobrecimiento intelectual puede ser una de las consecuencias de este aislamiento que implica la vida eremítica -explica Montserrat-. Aquí no puedes ir a conferencias, ni a cursos ni a conciertos. A mí siempre me ha gustado la música y me ha encantado leer. Pero la verdad es que desde que estoy aquí leo mucho menos de lo que antes leía y de lo que quisiera. Siempre que leo lo hago fuera y cualquier cosa me distrae, ya sea la aparición de una ardilla o simplemente el paso de una nube". Con mi llegada, Montserrat se ha visto obligada a interrumpir la labor en que estaba ocupada, pintando unas velas. De eso vive. De pequeños trabajos de artesanía. Según me confiesa, el año pasado ganó doscientas mil pesetas con sus velas, puntos de libro y plantas medicinales recogidas por los caminos del Montsant. Y de eso vivió. "Si estoy aquí es por una opción de fe -enfatiza Mont-serrat-. Sin fe no estaría." No sé cómo interpretar sus palabras. Tampoco sé qué es lo que más me sorprende, si su opción radical por la pobreza o su búsqueda de la soledad. "La gente que se encuentra sola sin haber hecho ellos la opción, eso sí que es duro -reconoce Montserrat-. La soledad, si no la aceptas, te mata por dentro..." Montserrat se detiene en su explicación y me pregunta si ha elevado demasiado el tono de su voz. Le digo que un poco, por decir algo, ya que no era demasiado consciente de ello. Me pide disculpas y justifica su falta de control, que se debe a la poca costumbre que tiene de hablar con la gente. En la década de los setenta, antes de encerrarse en esta ermita, Montserrat vivía en Olesa. Era Hija de la Caridad y, por lo que me cuenta, debía ser lo que en aquellos tiempos se conocía como una monja obrera. Compaginaba una vida de trabajo intenso con las obligaciones de la comunidad religiosa a la que pertenecía. "Yo trabajaba en una fábrica y mi ritmo de vida era frenético -recuerda-. No paraba quieta un minuto. Por eso, cuando les dije a mis amigos que quería hacerme ermitaña, me dijeron que yo no duraría ni quince días aislada de la gente." A nuestro alrededor, mientras charlamos, veo una cocina de camping gas, unos cuantos libros, unas cajas con flores y plantas recogidas en la montaña, unas estampas, dos ramas de pino en forma de cruz y unas fotografías del desastre de Chernobil. Esos objetos son sus posesiones, con las que Montserrat ha ido vistiendo poco a poco las cuatro paredes de su particular desierto. "Aparte de cuando bajo al pueblo a misa, sólo he salido de aquí en una ocasión. Fue para acompañar a mis padres, que estaban enfermos -explica Montserrat-. La ciudad me abrumó. Los ruidos, las prisas... Me parecía increíble que en otra época yo hubiera sido capaz de circular en moto en medio de los coches. Y luego, ¿sabes qué me pasó?, que durante el viaje en coche era incapaz de ver nada, no estaba acostumbrada a ver nada a esa velocidad." Esa misma sensación de vértigo que ella experimentó ante el ruido y la velocidad es la que muchos de nosotros sentimos cuando hacemos el viaje a la inversa. Nos resulta difícil y a veces imposible ver nada entre el silencio y la quietud. Con esa impresión me despido de Montserrat. La dejo entre pedruscos. Definitivamente sola. |
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