|
Jenin semanas
despues- 24 de maig de 2002
|
Jenin
24 de Mayo de 2002.
A primera hora de la mañana
fui a la estacion de taxis en Nablus donde me reuni con la gente con la
que iria a Jenin. Eran cuatro voluntarios palestinos y tres chicas extranjeras
que trabajan en la universidad (dos
francesas y una española)
los cuales ya habian colaborado en las dos actuaciones para niños
que habia realizado en Nablus. Tomamos un taxi de ocho plazas, que son
turismos con tres filas de asientos, que nos llevo a las afueras de la
ciudad, por un camino de tierra, hasta el primer bloqueo. Alli caminamos
un trecho hasta llegar al otro lado donde un gran numero de taxis estaba
a la espera para continuar el trayecto montaña arriba. El camino
estaba tan transitado como las calles mas centricas, con burros cargando
paquetes y maletas. Despues de un par de horas de viajar por las montañas,
de atravesar pequeñas poblaciones y rebaños de cabras, llegamos
sin mas problemas a la ciudad de Jenin. Lo primero fue ir al ayuntamiento
para explicar la labor que habiamos hecho con los niños en Nablus
y mirar la posibilidad de actuar para los niños en Jenin. Amablemente
nos ofrecieron un coche con el que nos desplazaron por la ciudad. Primero,
subimos a lo alto de la colina desde donde se podia ver la ciudad y el
campo de refugiados, en el que una gran plaza de escombros dejaba un espacio
abierto en un barrio donde las casas se amontonan. Tambien se podian ver
las casi cien tiendas de campaña que Naciones Unidas ha montado
para las familias que se han quedado sin casa. Estas estan ubicadas a las
afueras del campo de refugiados.
El campo de refugiados no deja de
ser un barrio densamente poblado con casas apretadas una junto a otra.
Entramos al campo por una calle donde las fachadas de las casas mostraban
aun lo acontecido. Agujeros de bala y algun boquete abierto por una explosion,
provocados, probablemente, por el unico ejercito que hay aqui, el israeli.
A medida que avanzavamos por la calle los destrozos se hacian mas evidentes.
Finalmente llegamos al lugar donde el ejercito israeli habia reducido gran
numero de casas a escombros. El paisaje era dantesco. Semanas despues de
lo sucedido excavadoras y camiones trabajan aun para despejar la zona.
Aun asi, me explicaban lo distinto que estaba todo hace unas semanas, con
gente buscando a sus familiares, otros recuperando las pocas pertenencias
que quedaban ... Un gran letrero advertia del peligro de las bombas y granadas
sin explotar. Algunos niños han sido victimas dias despues a causa
de ellas. Completaban el paisaje las pintadas en las paredes, restos inservibles
de las pertenencias de las casas y una silla de ruedas semidestrozada colgada
de una pared.
No olvidare las caras tristes de
los niños con que me cruze cuando andube entre los destrozos. Su
caminar, lento y pesado, era el del que ya no tiene nada que perder, del
que ha visto suficiente. Hay veces que las palabras
sobran. Ante semejante destruccion
poco habia que decir. Andamos un buen rato sin mediar palabra, contemplando
estupefactos una escena dificil de creer. Luego hablamos con la gente,
recogiendo testimonios. Ese mismo dia habia el entierro de un hombre muerto
por el ejercito en una incursion el dia anterior. Tambien vimos la casa
que habia sido recientemente destruida en dicho ataque. Antes de abandonar
el campo, dimos una ultima vuelta. Llamo mi atencion unos niños
escondiendose entre los escombros de una casa, jugando con
pistolas de juguete. Nos dirijimos
despues a las tiendas instaladas por Naciones Unidas. Al lado de ellas
hay un par de escuelas, una para niños y otra para niñas.
Precisamente en aquel momento empezaron a salir y pronto tubimos un monton
de niños y niñas a nuestro alrededor. Nos situamos en el
medio del campo de tiendas, donde habia un espacio abierto, para realizar
las actividades que habiamos preparado. Una vez mas, los niños las
recibian con una alegria descontrolada. Despues visitamos el centro de
la ciudad, similar a las otras ciudades palestinas, con tiendas y tenderetes
vendiendo fruta, ropa, calzado, ...
De regreso nos encontramos un monton
de tierra bloqueando la carretera por la que habiamos venido. Despues de
dar un rodeo conseguimos proseguir. Recordé una frase que decia
que los palestinos son como el agua, por muchas trabas que les pongan,
ellos siguen su camino. Al llegar al bloqueo en las afueras de Nablus,
nos encontramos con la sorpresa que un tanque se habia puesto en el medio
para evitar que la gente pasase. Los taxis y la gente se amontonaba a ambos
lados, esperando pacientemente una oportunidad para cruzar. Despues de
hablar entre nosotros, decidimos avanzar en grupo hacia el tanque para
intentar dialogar con los soldados. La gente nos observaba, pendientes
de si conseguiamos pasar. Establecimos conversacion con el soldado que
estaba en lo alto del tanque, ametralladora en mano. Despues de preguntarle
si hablaba ingles, empezamos a
dialogar. Los soldados acostumbran
a comportarse distintamente dependiendo de si eres palestino o extranjero.
Ana, la chica española, le explico que trabajaba en la universidad
y tenia que cruzar. Respuesta, no se puede.
Seguimos con la conversacion, intentando
convencerlo de que nos dejara pasar. Pedimos hablar con su superior, preguntamos
que papeles necesitavamos o a quien teniamos que dirijirnos para poder
pasar. La respuesta la misma, no se puede pasar. Nos preguntaba de que
paises eramos. Dijo que porque no nos ibamos a otro pais, que aqui no teniamos
nada que hacer. A la pregunta de que hacia, respondi que musico y que tambien
hacia magia. Le hice el truco del pañuelo, que desaparecia de una
mano para pasar a otra. Despues le
dije que si cerraba los ojos, nosotros
apareceriamos por arte de magia en el otro lado :), no funciono. A medida
que parecia haber mas confianza, empezamos a presionar mas. Le dije que
ser soldado no significa que no pueda
pensar por si mismo, y le pregunte
que motivo habia para no dejar pasar a la gente. La respuesta era la que
me esperaba, para evitar que los terroristas cometan mas atentados. Hubo
un relevo y el soldado que estaba ahora nos increpó y dijo que si
no dabamos media vuelta, empezaba a disparar. Como último recurso
utilize un poco de teatro, dije que llamaba a la embajada para quejarme
y que como extranjero tenia mis derechos y nos tenian que
dejar pasar. La gente del grupo
empezaba a retroceder. Pedi un mobil y empeze a fingir una conversacion
con la embajada, cosa que aun le gusto menos al soldado. Despues de dejar
clara mi queja, me retire tambien. Diez minutos despues, el tanque inicio
una maniobra y empezo a marchar. Cuando se habia alejado unos cincuenta
mentros, la gente empezo a correr como loca para cruzar el bloqueo. En
ese momento el tanque dio media vuelta
y se apresuro a volver a su posicion.
Unas trenta personas habian cruzado, pero unas mujeres, un hombre y un
par de niños tubieron detenerse ante las amenazas de los soldados.
A punta de pistola, no les quedo otro remedio que dar marcha atras. Media
hora despues, el tanque volvia a marchar. Una vez hubo desaparecido por
una colina, la gente volvio a correr apresurada para conseguir pasar al
otro lado. Esta vez si pudimos cruzar, y entrar por fin a Nablus.
Me
comentaba un profesor que los palestinos estan abiertos a la paz, que el
dia que se los trate de igual a igual ese dia habra paz. El dialogo es
facil si se dirijen a ellos con buenas intenciones y amor. Pero si un dia
tras otro les roban las tierras, les destruyen las casas, les apuntan con
fusiles y les someten y humillan, no se puede esperar que reciban a los
israelis con los brazos abiertos. La desigualdad entre Israelis y palestinos
es muy grande, en muchos aspectos. Aqui lo que por un lado es una piedra
o una bala de fusil, por el otro acostumbra a ser un disparo de un tanque,
un bombardeo con F16 o un ataque con misiles desde un helicoptero. Lo peor
es que las victimas de la supuesta lucha contra el terrorismo es toda la
poblacion civil palestina. Quizas es que Sharon considera que ser Palestino
significa ser terrorista.
Frase de la semana:
"Aunque supiera que el mundo se
acaba mañana, aun hoy plantaria un arbol". M.Luther King
Esta vez adjunto un texto que he leido en
una web donde hay mucha
informacion que vale la pena que
leais:
http://www.rebelion.org
Sobre Palestina:
http://www.rebelion.org/palestina.htm
Fecha: 22 de abril del 2002
Titulo:¿Qué clase
de guerra es esta?
Autor: Amira Hass - Ha'aretz
Fuente: http://www.rebelion.org
Traducido para Rebelión
--------------------------------------------------------
¿Qué clase de guerra es esta?.
Amira
Hass - Ha'aretz
Todavía es imposible saber
cuánta gente permanece enterrada bajo los escombros del campo de
refugiados de Jenin, donde el olor de los cuerpos en descomposición
se mezcla con el hedor de la basura y el aroma de los
geranios y la hierbabuena. Apoyado
en un bastón, el hombre permanece de pie sobre una inmensa pila
de ruinas: un amasijo de hormigón estrujado, haces retorcidos de
tubos de acero, jirones de colchones, cables eléctricos, fragmentos
de azulejos de cerámica, pedazos de cañerías y un
solitario interruptor eléctrico. "Este es mi hogar", dice el hombre,
"y mi hijo está dentro". Su nombre es Abu Rashid; su hijo se llama
Jamal, tiene 35 años y vive confinado en una silla de ruedas. El
bulldozer comenzó a demoler la casa cuando miembros de la familia
permanecían aún en su interior. ¿Y dónde iban
a estar sino en casa, tratando de encontrar allí, como hicieron
el resto de los habitantes del campo de refugiados de Jenin, el refugio
más seguro contra los disparos de los
morteros, los cohetes y las ametralladoras,
a la espera de que se hiciera la calma por un instante?
Abu Rashid y los demás miembros
de su familia se precipitaron a la puerta principal, salieron al exterior
con las manos en alto y trataron de gritar al descomunal bulldozer, a cuyo
conductor no podían ver ni oir, que dentro
de la casa había gente. Pero
el bulldozer no cesó de rugir, reculando un poco y volviendo de
nuevo a la carga para desgajar un bocado de la pared de cemento, hasta
que esta colapsó sobre Jamal antes de que nadie pudiera salvarlo.
Alrededor de Abu Rashid otras personas suben y bajan por las montañas
de cascotes, abriéndose paso entre pilas de cemento, afilados alambres
de acero, fragmentos de metal, pilares y techos de hormigón derruidos
y fragmentos de fregaderas. No todos son tan introvertidos como Abu Rashid,
que habla más para sí mismo que para quienes se detienen
a escucharle. Algunos tratan de rescatar algo de entre las ruinas: un vestido,
un zapato, un saco de arroz. Cerca, una muchacha casi tropieza con una
pila de bloques de cemento que apuntan al cielo a sus pies y rompe a llorar
desconsoladamente. Entre gemidos alcanza a decir que ésta había
sido la casa de sus padres y que ignoraba quién está enterrado
bajo ella, quién ha conseguido huir, si hay alguien vivo bajo las
ruinas, quién podrá rescatarlos o cuándo. Entre los
montones de ruinas y en mitad de algunas casas -algunas de ellas de hasta
tres pisos de altura- que permanecen parcialmente en pie con sus
paredes acribilladas por agujeros
de proyectiles de todos los tamaños, uno o dos bulldozers de las
Fuerzas de Defensa Israelíes han ascendido varias veces sobre las
montones de escombros, los han allanado, los han machacado hasta reducirlos
a polvo y han construído lo que A.S. denomina "la autopista transisraelita".
Su casa también ha caído bajo las fauces de los bulldozers.
Alguien señala una pequeña abertura en medio de un montón
de escombros. De ahí salían unos gritos de auxilio que estuvo
escuchando hasta el domingo por la noche. El lunes por la mañana
los sonidos cesaron. Otra persona apunta hacia lo que en otro tiempo fue
una casa en la que vivían dos hermanas. Alguien explica que ambas
son tullidas. Se ignora si siguen debajo de las ruinas o si consiguieron
escapar del campamento a tiempo.
Relativa calma
Hay casas que estaban vacías
en el momento de su demolición. En algunos casos los soldados ordenaron
a la gente que saliera inmediatamente para no morir. Un anciano, dice la
gente, se negó a abandonar su casa. "Hace 50 años me expulsasteis
de Haifa. Ahora no tengo a dónde ir", cuentan que dijo. Los soldados
levantaron en andas al testarudo anciano y lo transportaron fuera. Hubo
casos en los que no se tomaron la molestia de lanzar ningún aviso.
Simplemente, los bulldozers entraron. Sin avisar por los altavoces y sin
comprobar si había alguien en el interior. Esto fue lo que les sucedió
el domingo día 14 de abril a los miembros de la familia Abu Bakr,
que viven en la tenue línea divisoria que separa al campamento de
refugiados de la ciudad de Jenin propiamente dicha. En ambos lugares -la
ciudad y el campamento-se impuso el toque de queda. Los soldados circulaban
en tanques, en vehículos blindados y a pie, disparando intermitentemente,
arrojando granadas de fragmentación o haciendo volar objetos sospechosos.
Pero en comparación con la semana anterior aquello era la calma:
ya no disparaban desde los helicópteros ni intercambiaban disparos
con un puñado de resistentes palestinos. Sin embargo, de pronto,
a las cuatro de la tarde, los miembros de la familia Abu Bakr escucharon
el estrépito de un muro que se derrumbaba. El padre de la familia
salió al exterior, agitó una bandera blanca y gritó
a los soldados: "Estamos en casa. ¿Dónde querèis que
vayamos? ¿Por qué estàis demoliendo nuestro hogar
con nosotros dentro?" Los soldados le gritaron: "Yallah, yallah, entra
dentro", y detuvieron la máquina.
Esta estrecha franja de varios metros
de ancho en donde se encuentra situada la casa ha servido en los últimos
días como puente de tránsito entre la ciudad y el campamento
de refugiados. Los residentes de la ciudad, muchos de los cuales proceden
del campamento de refugiados, trataron de traer a sus amigos agua, comida
y cigarrillos, esquivando a los soldados. En casa de Abu Bakrs llegaron
a la conclusión de que los soldados querían ampliar el área
que separa la ciudad del campamento a fin de impedir todo tipo de "contrabando".
Al anochecer, un vehículo blindado se situó al lado de la
casa y los soldados peinaron el patio circundante. Después, el vehículo
blindado se marchó. M. fue
a tomar café. Apenas vertió una cucharilla de azúcar
en la cafetera de cuello estrecho y asa alargada y había comenzado
a agitar el agua hirviente cuando algo o alguien entró a toda velocidad
por la ventana, rompió el cristal y prendió fuego a la cocina.
¿Una granada de fragmentación? ¿Una bomba lacrimógena?
¿Pensaron quizá los soldados apostados en el exterior que
alguien les estaba disparando cuando encendió el hornillo de gas?
M. da gracias a Dios porque las llamas, que se extinguieron inmediatamente,
sólo se le quemaron las manos y la cara, nadie de su familia resultó
herido y la casa no fue destruida.
Mohammed al-Sba'a, de 70 años,
no tuvo tanta suerte. El lunes 18 de abril los bulldozers atronaron cerca
de su casa en el barrio Hawashan, situado en la parte central del campamento.
Salió de su casa para decir a los soldados que había gente
dentro -él, su mujer, sus dos hijos, las mujeres de éstos
y sus siete hijos. Cuando salió a la puerta le dispararon un tiro
en la cabeza y cayó muerto, contó uno de sus hijos esta semana.
Algunos miembros de su familia consiguieron arrastrarlo hasta el interior
de la casa, pero después se les ordenó que salieran. Los
varones fueron arrestados, a continuación fueron puestos en libertad
y conducidos a la aldea de Rumani, en el Noroeste de Jenin. Las mujeres
fueron conducidas al edificio de la Media Luna Roja. El cuerpo del padre
se quedó en la casa. Cuando los varones de la familia regresaron
de su arresto les fue imposible encontrar la casa.
La destrucción de docenas
de casas por medio de bulldozers comenzó el sábado 6 de abril,
cuatro días después del inico del ataque israelí contra
Jenin. Todavía es imposible saber cuánta gente quedó
sepultada debajo de las casas destruídas. El horrible hedor de los
cadáveres -de los cuales se van descubriendo más todos los
días-se mezcla con el pestilente olor de la basura por recoger,
de la basura quemada y con el sorprendente perfume de
los geranios, rosas y hierbabuenas
que crecen cerca de las buganvillas que la gente cultivaba en estrechas
franjas de tierra situadas entre las atestadas casas. Cuando llegue el
momento, la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (UNRWA)
y la Cruz Roja confeccionarán listas de detenidos, muertos y heridos,
pero la tarea más urgente ahora es la distribución de agua,
comida y medicinas. El campamento ha sido declarado zona catastrófica.
La demolición de las casas
por medio de bulldozers fue precedida por un intenso tiroteo y bombardeo
realizado por los tanques desde el inicio del ataque del ejército
israelí la noche del jueves 2 de abril. Dos días más
tarde, cuenta la gente, comenzaron los ataques desde los helicópteros,
que disparaban cohetes y ametralladoras. La gente buscó refugio
debajo de las escaleras, en la planta baja de las casas, en los servicios,
en almacenes
contiguos a los patios interiores.
La gente se apretujó en pequeñas habitaciones, tanteándose
en la oscuridad, aterrorizados. Tapaban sus oídos, cerraban sus
ojos y abrazaban a los niños pequeños, que lloraban.
Balance de daños
Cuando la balacera terminó,
cuentan, salieron al exterior y hallaron sus casas quemadas, envueltas
en llamas y humo, acribilladas de agujeros, con los pisos vacilantes, las
puertas y ventanas destrozadas, los cristales hechos añicos y las
fachadas salpicadas de enormes boquetes. También llegará
el momento de hacer balance de los destrozos, y cuando eso ocurra equipos
de las Naciones Unidas contarán cómo muchas casas fueron
arrasadas por los bulldozers y muchas otras dañadas por los disparos,
y decidirán si es posible repararlas o si será más
seguro demolerlas definitivamente. Dirán también cuántas
familias y personas había dentro de ellas.
Umm Yasser rescató de la casa
de sus vecinos, que había sido bombardeada, a un bebé de
un año de edad. Umm Yasser nos contó que el padre del bebé,
Rizk, se arrastró al exterior con sus dos piernas heridas y la espalda
quemada por el fuego. Salió con sus brazos estirados hacia delante,
sangrando, contó ella. Los soldados rodeaban la casa. Llegó
un médico militar o un paramédico, lavó las heridas
de Ritz , las vendó, los soldados se lo
llevaron a la zona del cementerio
y allí lo dejaron. Vecinos que le vieron le asistieron y llamaron
a un doctor. Consiguieron transportarle a un hospital una semana después
de haber sido herido.
H. y su familia se hallaban en su
casa cuando ésta fue bombardeada. Corrieron a buscar refugio en
la vecina casa de los padres de ella. H piensa que esto ocurrió
el 8 de abril. A le gente le cuesta recordar las fechas
exactas: todos los días que
duró el ataque se han convertido en un único amasijo de pánico,
sangre y destrucción, sin noches y sin días. Su marido, Y.,
fue herido en el tiroteo cuando salió a la puerta. Ella lo arrastró
hasta la casa de su padre. Allí vendaron su pierna, rezaron para
que todo saliera bien y solamente consiguieron llevarlo a un hospital el
domingo 14 de abril tras esquivar a los soldados que patrullaban a pie
por el callejón.
A.S. fue herido en el transcurso
de una misión que le encomendó el Ejército israelí:
una patrulla de infantería lo sacó de su casa para que acompañara
a los soldados caminando delante de ellos y abriendo por ellos las puertas
del vecindario. A.S. hizo lo que le ordenaron y, mientras permanecía
de pie al lado de una puerta, apareció otra unidad de soldados.
Quizá pensaron que era uno de los mukawamin (insurgentes, activistas
armados), pues nadie excepto ellos se atrevía a deambular por las
calles durante esos primeros días del ataque israelí contra
el campamento. Le dispararon y cayó herido. Durante cuatro días
permaneció en casa de unos vecinos, hasta que sus hermanos consiguieron
conducirlo hasta un puesto médico. Su hogar, situado en el segundo
piso de la casa familiar construída sobre la ladera de la colina,
fue dañado por el impacto de cuatro a cinco cohetes y de numerosas
balas. Algunos soldados tomaron posiciones en una casa alta de la vecindad
y comenzaron a disparar.
Su madre narra la historia con detalle,
mientras guía a los visitantes de una habitación destruída
a la siguiente. Y después nos lleva al jardín: le gustaba
plantar cosas, amaba la vida, no la muerte, dice acerca de su hijo. Sus
otros hijos ofrecen a los visitantes fruta del jardín: nísperos
deliciosamente agrios, ciruelas jugosas y refrescantes. La mayoría
de los depósitos de agua del campamento fueron alcanzados por los
disparos en los
primeros días del ataque.
Los bulldozers y los tanques del ejército israelí reventaron
las conducciones de agua. El suministro de agua potable se cortó
inmediatamente. En esas circunstancias, cuando es necesario salvar hasta
la última gota de agua, saborear esos frutos constituye un verdadero
lujo.
Abu Riyad, de 51 años, también
fue reclutado, como muchos otros, para cumplir misiones del ejército
israelí. Durante cinco días acompañó a los
soldados. De día caminaba de puerta en puerta delante de ellos,
llamaba a
las puertas mientras los soldados
se escondían detrás de él con sus rifles apuntándole
a él y a la puerta. De noche permanecía con los soldados
en una casa que éstos habían ocupado. Cuenta que lo mantenían
esposado y que lo vigilaban dos soldados. Cuando acabó su misión
le dijeron que fuera a cierta casa y que permaneciera allí sólo.
Alrededor atronaban los bulldozers y los tanques. Uno de los tanques avanzó
hacia la casa. Abu Riyad saltó a otra casa, y continuó saltando
de un edificio destruído al siguiente hasta que llegó a su
domicilio, que también encontró parcialmente destruido debido
a los impactos de tres cohetes. Había 13 personas en la casa cuando
los
cohetes impactaron en ella.
Un soldado limpió el baño
S. declaró que tuvo suerte.
Su casa familiar permaneció ocupada solamente durante una semana,
al igual que ocurrió con otra docena de casas en el campamento que
se eleva por la ladera de la colina. S. es una viuda que vive con su hermano
y la familia de éste en una casa situada en el extremo occidental
del campamento. Son cuatro adultos y diez niños. La mayoría
de los residentes abandonaron el barrio antes de la invasión del
ejército
israelí. Durante la primera
y la segunda noche los soldados ocuparon dos o tres casas contiguas a la
casa de la familia de S. Los miembros de la familia buscaron refugio en
la cocina, pues pensaron que era la estancia más
resguardada. De repente, en mitad
de la noche, alguien abrió un boquete a la altura del piso y penetró
en la casa a través de la pared pasando justo por encima de la cabeza
de Rabiya, de 8 años. Los cristales de las ventanas reventaron y
la habitación se cubrió de polvo. Las 14 personas que se
hallaban en la cocina comenzaron a dar alaridos. A través del agujero
en la pared oyeron a alguien gritar en árabe: "¡Todo el que
salga de la casa
morirá!". Escudriñaron
el exterior y vieron a un grupo de soldados en el estrecho callejón.
Trataron de negociar con los soldados para que les permitieran ir a casa
de sus vecinos o a una habitación más segura, pero la única
respuesta que obtuvieron fue: "¡Todo el que salga de la casa morirá!".
Tras un breve instante, los soldados hicieron un agujero en la pared que
da a la escalera y entraron por él. Los miembros de la familia,
acurrucados en
una esquina, observaron atónitos
cómo entraban más y más soldados con las caras pintadas
de negro. Los miembros de la familia fueron trasladados a otra habitación
llena de polvo y cristales rotos. Fueron retenidos allí
desde el atardecer hasta la mañana
del
viernes. Los soldados, cuenta S., no les permitieron abandonar aquella
estancia sumida en la penumbra. Cuando rogaron que les permitieran ir al
baño, los soldados les trajeron una olla
de la cocina. El cuñado de
S. fue arrestado y tres mujeres con sus hijos fueron abandonados en una
casa llena de soldados desconocidos.
Al amanecer, S abrió la puerta
y descubrió que los soldados habían sido reemplazados. Haciendo
gestos con las manos y recurriendo al lenguaje corporal les hizo comprender
que quería ir al baño, que quería llevar a los niños
al servicio y traer comida. Alguien que a ella le pareció un oficial
le dijo que adelante. Tuvo que avanzar en medio de un contingente de soldados
acostados sobre el piso de su hogar, caminando de puntillas entre ellos.
El hedor que invadía el baño le produjo náuseas. El
oficial que se hallaba a su lado agachó la cabeza y ella dedujo
que estaba avergonzado por lo que había visto. El oficial se dirigió
a una casa cercana en donde no residía nadie y trajo agua. Y se
puso a limpiar el baño. Cuando los soldados abandonen la casa dentro
de una semana dejarán detrás una enorme pila de restos de
sus raciones de campaña.
Durante la noche, cuando la familia
estaba encerrada en una habitación, los soldados registraron la
casa. Vaciaron cajones y alacenas, volcaron muebles,destrozaron la televisión,
cortaron la línea telefónica, se llevaron el aparato de teléfono
y abrieron otro boquete en la pared que comunicaba con el apartamento contiguo.
En la pared rota cuelga un cuadro pintado a acuarela por su cuñado
cuando tenía 15 años. Pintó un paisaje suizo: un lago,
montañas nevadas, árboles eternamente verdes, un ciervo,
una casa con un tejado de tejas rojas y humo saliendo de la chimenea. En
la orilla del lago pintó a dos hombres mustachudos vestidos con
ropas palestinas y
montados a lomos de un burro. La
fecha: 10 de mayo de 1995. La firma: Ashraf Abu al-Haija.
Al-Haija perdió la vida durante
los primeros días del ataque del ejército israelí,
alcanzado por un cohete. El jueves de la semana pasada su cuerpo calcinado
permanecía todavía sobre el piso de una de las habitaciones
de la
casa semi-derruída. Al-Haija
era un activista de Hamas que en compañía de miembros de
otros grupos armados había jurado defender el campamento hasta la
muerte. J.Z., dos de cuyo sobrinos se encuentran entre los resistentes
muertos, calcula que en total no eran más que 70 milicianos. "Pero
todo el que les ayudaba se veía a sí mismo como miembro activo
de la resistencia: los que les avisaban desde lejos de la llegada de los
soldados, los que les ocultaban, los que les preparaban el té".
Según J.Z., ninguna puerta del campamento estaba cerrada para ellos
cuando estaban huyendo de los soldados que les buscaban; la gente del campo,
dice, decidió no abandonarles, no dejar a los combatientes a sus
suerte. Esta decisión fue adoptada individualmente de forma mayoritaria.
A pesar de su relación familiar
y emocional con muchos de los combatientes armados, J.Z. admite que le
resulta difícil describir con exactitud cómo transcurrió
el combate en el que murieron los resistentes palestinos y algunos soldados
israelíes. "Según la reconstrucción de los hechos
que hemos podido hacer entre varias personas, parece ser que el ejército
israelí atacó el campamento desde diferentes direcciones
con tanques y ametralladoras y
trató de introducir en el
campamento tropas de infantería. Pero fracasaron debido a la resistencia
de nuestros combatientes. Entonces, los israelíes comenzaron a atacar
de forma indiscriminada todas las casas del campamento con helicópteros
y tanques. Los soldados que ocuparon las casas situadas en las lindes del
campamento señalaban a los demás los objetivos sobre los
que disparar." De forma gradual los palestinos armados fueron obligados
a replegarse cada vez más en el interior del campamento, donde libraron
sus últimos combates.
J.Z. es un obrero de la construcción
que construyó con sus propias manos su casa y la de sus amigos.
Su casa fue destruida por impactos directos de varios cohetes. Ahora duerme
en la casa de su joven amigo, A.M. Cuando la oscuridad se adueña
del campamento, cuyo suministro eléctrico permanece cortado desde
el 3 de abril, la luz de las velas brilla detrás de algunas ventanas.
Corre la ilusión de que una ventana que no esté iluminada
no
atraerá disparos. El ejército
israelí continúa disparando a intervalos, aunque ya no queden
palestinos que disparen contra los soldados. De cuando en cuando el silencio
es interrumpido por el estruendo de un explosión.
Ansiedad e incertidumbre dominan
una conversación típica estos días entre la madre
de A.N. y su tía. El lunes por la tarde la conversación con
el huésped israelí comenzó con una enumeración
de las personas de cuya muerte J.Z. tiene constancia: siete resistentes
armados que murieron en combate y 10 civiles, entre ellos tres mujeres
y al menos dos ancianos. Hay docenas de personas cuya suerte se ignora.
La conversación salta a los
recuerdos del penal de Ketsiot, en donde estuvo preso J. durante la primera
intifada y que ha sido reabierto para acoger a soldados. Alguien contó
a A.M. que un soldado había dejado olvidado su
solideo en una casa que acababa
de registrar. Un intenso tiroteo sacudió el vecindario y la casa
donde el soldado había dejado su prenda. El soldado dijo a un joven
palestino que había sido "reclutado" que si le traía el solideo
le pondría en libertad. Esquivando las balas, el muchacho corrió
a la casa, recuperó el solideo y fue autorizado a regresar a casa.
J. cuenta otra historia que circula por el campamento acerca de unos soldados
que fueron atacados desde el interior de una casa que habían ocupado
anteriormente y de la cual huyeron abandonando sus armas. Se cuenta que
uno de ellos gritó: "Madre, madre, ¿qué clase de guerra
es esta?".
<<<<
Reportatge anterior de Pere Vidal (23 de maig de 2002)
>Si
us voleu apuntar a la llista de Mailing d'en Pere Vidal, >cliqueu
aquí<
|