"La Juerga Clandestina"
Albert Gayo i fotos de Marta Jordi, Revista Interviú nº 1354 (8-14 d'abril 2002). 
Muntatge pàgina: Cornudellawebh
"Interviú acude a una auténtica fiesta 'rave' celebrada durante cinco dias en un cuartel militar abandonado en Tarragona"
   Tras la muerte en Málaga de dos jóvenes que habían consumido 'éxtasis' se habló de que aquella era una fiesta 'rave'. Nada más lejos. Estos encuentros casi clandestinos se organizan fuera de los circuitos oficiales de ocio, en fincas abandonadas, naves industriales o parajes recónditos; son siempre gratis, la música electrónica no deja de sonar durante dias, la gente que acude pertenece a todas la tribus y el 'éxtasis' es la droga mas utilizada. Nacen y desaparecen sin dejar rastro. En Semana Santa se celebró una de las más reconocidas en un antiguo cuartel militar de Tarragona. Esto es lo que ocurrió.

    Yo he visto cosas que vosotros no creeríais, he visto atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de las puertas de Tanhäuser: Todos estos momentos se perderán en el tiempo..." El replicante, mitad humano mitad máquina, de la película Blade Runner estará a punto de morir, ya no le queda tiempo pero decide salvar la vida de su perseguidor, el policia que encarna Harrison Ford. Necesita explicarles las cosas impresionantes que ha visto en el universo. Si hubiese podido, el replicante también le haria contado lo que es una auténtica fiesta 'rave' (en inglés, delirio), una experiencia que mezcla espacios insospechados (naves industriales, casas rurales abandonadas, parajes naturales perdidos), música electrónica que poco tiene que ver con los recolpilatorios discotequeros; público tan variado que va desde el moderno más moderno al hippy-punk más agujereado; y consumo de sustancias psicodélicas, donde el éxtasis es el rey.

    A raíz de los sucesos ocurridos en un polideportivo malagueño, donde dos chavales murieron tras consumir drogas sintéticas, muchos empezaron a calificar de raves cualquier fiesta que uniese discjockeys, jóvenes y drogas. Interviú acudió la pasada Semana Santa a una verdadera rave-party, una de las muchas que se celebran cualquier fin de semana en cualquier punto del territorio español y que, salvo
los incondicionales, muy pocos saben que existen.
    Para empezar, los promotores -colectivos juveniles con presencia de pinchadiscos- realizan la convocatoria de forma no convencional para evitar la presencia de la policia: internet, mensajes a teléfonos móviles, hojas fotocopiadas con plano incuido que pasan de mano en mano, o el más efectivo, el boca a boca. En esta ocasión, la cita era en un paraje montañoso donde hace años funcionaba una instalación militar. Sábado 30 de marzo, 11 de la noche. La fiesta ha empezado el Jueves Santo y el ir y venir de vehículos es incesante en una carretera comarcal plagada de curvas y niebla. Hay matrículas catalanas, aragonesas, valencianas y hasta de Andorra.
   Dos garitas derruidas dan la bienvenida a un complejo formado por pinares y media docena de grandes barracones que servían de comedores y dormitorios a los reclutas y que ahora han sido acondicionados como templos del tecno. Si algo define a las rave es que son gratuitas; la decoración, sencilla pero imaginativa, desde cordones de luz y proyecciones visuales sobre las paredes hasta graffiti y telas en las ventanas para que cuando llegue el amanecer la fiesta pueda continuar. Los organizadores, que consiguen la electricidad con generadores, se comprometen a limpiar la zona para que los próximos ravers encuentren todo preparado. Y es que estas fiestas nacen y desaparecen sin dejar rastro. La próxima puede ser cerca de su casa, en ese polígono industrial en desuso, en esa finca semiabandonada que está junto a su chalé...

     "El que va a una 'rave' no vuelve nunca a una discoteca. Aquí no pagas entrada, puedes traer tu bebida, tu comida; puedes venir vestido como quieras y no hay horario de cierre", comenta Sara, una barcelonesa de 27 años. A favor de estos encuentros está la leyenda de las raves inglesas o ibicencas de finales de los años 80, experiencias colectivas que tuvieron su mayor auge en Europa y los Estados Unidos, y que en la actualidad han llegado a México, Chile, Brasil y Argentina. Cientos de coches, tiendas de campaña y hogueras salpican el exterior de los barracones. La tercera noche de delirio está ya en marcha; más de mil jóvenes se agolpan en los barracones, en uno suena música trance, la más densa y tormentosa de la electrónica; en otro, ritmos ácidos; más allá los beat por minuto se aceleran, y al final una zona de desconexión, el denominado chill-out, donde se escucha música jamaicana en un entorno de colchonetas para relajarse y zumos naturales, infusiones o hierbas psicoactivas para aplacar la fatiga.

    Si en las zonas montadas por la industria del ocio el alcohol duro -los cubatas- manda como sustancia de consumo masivo, en las rave priman el agua, los refrescos y la cerveza, quizá porque la droga más utilizada es la metilendioximetanfetamina (MDMA), o lo que es lo mismo, el éxtasis."Aquí hay gente que consume mucho, gente que no consume nada, gente que lo hace con moderación, y gente que sólo fuma porros", explica Ángela, una de las voluntaris de Energy Control, organización subvencionada por el Plan Nacional sobre drogas que se encarga de reducir los riesgos del consumo en los sectores juveniles. En esta ocasión, los promotores de la fiesta les han pedido que acudan con su stand para informar y analizar pastillas con el fin de descartar las adulteradas.
    Sólo en la noche del sábado, cerca de un centenar de jóvenes llevaron su pasti para saber que és lo que se iban a tomar. Primero se rasca el comprimido para sacar una muestra que se coloca sobre un pequeño cristal de laboratorio. Una gota de un reactivo y la muestra cambiará de color. Negro, azul o lila indican que la tableta lleva MDMA u otro derivado anfetamínico; naranja u ocre, anfetamina; amarillo o verde, 2CB (un alucinógeno no muy extendido); y si no hay color, se trata de sustancias desconocidas. Josep Rovira, responsble de Energy Control, sostiene que este tipo de fiestas nunca han dejado de realizarse, "porque la gente encuentra lo que no le dan las grandes discotecas. Son gratis, no hay porteros ni guardias de seguridad, los 'disjockeys' no están subidos en un altar, están a la misma altura que los que bailan, son anónimos pero les guían con su música haciendo parones rítmicos para evitar el agotamiento; 
puedes venir con tus malabares, con tu tambor y nadie te dirá nada". Sobre el consumo de drogas, Rovira reconoce que la metanfetamina (speed) y el éxtasis son las dos sustancias más extendidas. "Más del 90 por ciento de las pastillas analizadas llevaban MDMA, muy pocas estaban adulteradas". El amanecer se acerca, muchos olvidaron cambiar la hora. Los más pasados duermen junto a las fogatas o en el coche, los más speedicos no pueden dejar de mover las piernas. Hay quien se ha comido setas alucinógenas y se ha marchado hacia los pinares. Las paredes del viejo cuartel resisten el sonido. Todavía quedan 24 horas más de rave.
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